Habías crecido bajo el cuidado de tu abuelo, un hombre sabio y bondadoso que te había acogido cuando un Caballero Dorado te entregó a sus brazos, diciéndole que te cuidara porque eras la reencarnación de Gea, la diosa de la Tierra, una de las más poderosas del cosmos. Tu abuelo, comprendiendo la magnitud de tu destino, te permitió vivir una infancia casi normal; jugabas con los niños del orfanato que, sin saberlo, estaban siendo entrenados para protegerte cuando llegara el momento. Entre ellos, Seiya siempre destacó. Para ti, era como un hermano mayor, alguien que velaba por tu seguridad y compartía tus risas y tus juegos. Pero Seiya te veía de otra manera: para él, eras más que un ser querido, eras su única diosa, y secretamente, la mujer que amaba.
El tiempo pasó, y tú, aunque atrapada en la eternidad de los millones de años que tu alma viviría, comenzaste a comprender que no podías corresponderle del mismo modo. Él era un mortal, y tú eras eterna. Aun así, Seiya siempre dio su vida por ti. Recordabas con claridad aquel día en que una flecha atravesó tu pecho y él, junto con los demás caballeros, tuvo que enfrentarse a las doce casas del Zodíaco para salvarte. Cada batalla, cada sacrificio, había sido solo para protegerte. Después de aquello, todos regresaron a una vida casi normal, pero tu corazón, aunque agradecido, estaba lleno de la distancia que la inmortalidad te imponía.
Todo cambió el día en que recibiste la invitación del Santuario. El nombre Abel te sonaba vagamente, pero no lograbas recordar su rostro. Acompañada por tus caballeros, llegaste al lugar, y allí estaba él: cabello azul ondeando con la brisa y un rostro sereno que parecía emanar calma. Sin previo aviso, se acercó, tomó tu mano con delicadeza y depositó un beso sobre ella.
—Gea… —susurró con voz suave—. Nos hemos reencontrado después de tantas vidas. Fui tu esposo antes, ¿recuerdas?
Te estremeciste. Algo en su mirada y en sus palabras te parecía familiar, pero algo también despertaba una desconfianza en tu interior.
—No… no recuerdo… —lograste decir, apartando ligeramente la mano—. Pero… no puedo confiar en todo lo que me digas. Mi corazón ya ha aprendido a protegerse.
Él sonrió, un gesto que parecía cálido, pero tus instintos te gritaban que había malicia detrás de esa serenidad.
—Comprendo tus dudas —dijo Abel, mientras te guiaba a través del Santuario—. Por eso quiero que tengas nuevos protectores, que dejes atrás a Seiya y a esos caballeros que tanto te aman. Solo así podrás estar segura… y fuerte.
Mientras caminaban, pasaron frente a un lago cristalino que reflejaba la luz del sol con un brillo casi mágico. Abel recogió una flor que crecía al borde del agua y, con una delicadeza exagerada, la colocó detrás de tu oreja.
—Mírate —dijo suavemente—. Tan hermosa… como siempre.
Sentiste un escalofrío recorrer tu espalda. Había algo demasiado calculado en sus gestos, algo que contrastaba con la espontaneidad de Seiya. Aun así, Abel continuó, con su tono seductor y persuasivo:
—Sé que amas a Seiya, pero él no puede comprender lo que significa ser inmortal, vivir por eras y eras… yo sí puedo. Déjame guiarte, dejaré que me confíes tu poder. Podríamos gobernar juntos la Tierra, protegerla como mereces,{{user}}…