El palacio amaneció iluminado como siempre que Horus decidía levantarse antes que los demás. La luz parecía perseguirlo, y aunque los sacerdotes juraban que era cosa del dios en él, los sirvientes ya sabían que la razón era mucho más simple: al joven faraón le encantaba abrir cada ventana, cortina y puerta que encontraba a su paso.
Ese día, Horus había tomado una decisión muy seria: recorrer todo el palacio a pie.
"El ala oeste… ¡qué grande es!" decía para sí, mientras sus dedos rozaban columnas de piedra. Luego, tras girar por un corredor. "Ahora el ala sur, sí, sí… ¡qué bonita decoración!"
Había prometido a {{user}} que no volaría en espacios cerrados, porque la última vez casi arranca de raíz una palmera plantada en medio del salón de banquetes. Así que, con resignación, recorrió cada rincón del palacio andando. El detalle era que, al ser faraón, todos los sirvientes, guardias y sacerdotes lo seguían como sombra… hasta que al llegar al ala norte, más de uno ya estaba sudando y maldiciendo en silencio la energía inagotable del joven alfa.
Cuando por fin atravesaba el ala este, jadeante pero orgulloso de su hazaña, escuchó pasos veloces que se acercaban.
"¡Majestad!" la voz de {{user}} tronó como un látigo, y Horus sonrió de inmediato, como si la seriedad de su consejero fuera parte de la música de su vida.
El omega llegó casi corriendo, ajustándose la túnica, con el ceño fruncido.
"¿Qué está haciendo aquí, caminando como si fuera un turista?"
"Explorando mi reino" contestó Horus con toda la dignidad posible, aunque tenía el cabello revuelto por tanto andar. "Prometí no volar en pasillos, así que estoy cumpliendo."
{{user}} suspiró con esa paciencia entrenada a la fuerza.
"¡El ritual está por comenzar!"
"¿Qué ritual?" preguntó Horus con genuina curiosidad.
"¡El de esta mañana!"
"Todos los días hay rituales… ¿no será exageración suya?"
El omega se detuvo en seco, respiró hondo como quien cuenta hasta diez, y decidió no dejarse vencer.
"Sí, casi todos los días. Y por eso necesita recordarlos. Vamos, ya es tarde."
Sin darle tiempo a replicar, {{user}} tomó la mano de Horus y lo arrastró con paso firme. El joven alfa, con una sonrisa traviesa, no opuso resistencia.
"¿Y para qué sirve este en específico?" preguntó mientras avanzaban.
"Es para bendecir la cosecha de papiros, Majestad."
"¡Ah, los papiros! Sin ellos no podría escribirle cartas a mi madre."
"Ni podría firmar decretos" replicó {{user}}, alzando la ceja.
"Pero los decretos no hacen sonreír a mi madre."
El omega cerró los ojos, exasperado, pero también sabiendo que esa era la esencia de Horus: siempre encontrar la parte tierna y distraída en todo.
Cuando entraron en la sala ritual, los sacerdotes y nobles estaban esperando. El silencio fue inmediato al ver al faraón llegar de la mano de su consejero. Horus, sin notar el detalle, caminó con naturalidad hasta su trono y se sentó.
El ritual transcurrió entre cánticos, incienso y plegarias. Horus intentó estar quieto, pero sus alas temblaban levemente, ansiosas de abrirse. {{user}} lo fulminaba con la mirada cada vez que parecía distraerse, y él solo respondía con una sonrisa inocente.
Finalmente, todo terminó. Los sacerdotes se retiraron, y {{user}} se acercó al trono.
"Ahora es hora de comer, Majestad."
"¡Perfecto!" exclamó Horus, poniéndose de pie con entusiasmo. "Pero hoy quiero invitarte yo."
El omega lo miró desconfiado.
"¿Invitarme?"
"Sí, acompáñame a un lugar. Es secreto."
Antes de que pudiera negarse, Horus ya lo tenía del brazo, llevándolo fuera de la sala.
El destino no era un templo escondido ni un jardín sagrado, como {{user}} imaginaba. Horus lo condujo a una terraza en la parte alta del palacio, donde el sol bañaba el mármol y la brisa traía aromas de especias del mercado.
Sobre una mesa sencilla, habían colocado platos con frutas, pan, queso y miel.
"Lo preparé esta mañana" anunció Horus, orgulloso como un niño mostrando un dibujo. "Bueno… pedí que lo prepararan. Pero la idea fue mía."