La sala común de Ravenclaw estaba irreconocible. Las águilas habían hecho un trabajo sorprendente decorando con luces encantadas, música flotante que parecía venir de todas partes y un hechizo que hacía que el techo de la sala simulara un cielo nocturno lleno de estrellas danzantes. Los de Gryffindor no solían mezclarse tanto con los de otras casas, pero esta vez, casi toda la torre había aceptado la invitación.
{{user}} se mantenía al margen, observando desde un rincón con una bebida de calabaza en la mano. No era muy fanática de beber alcohol, y menos de perder el control, pero no podía evitar reír cada vez que alguien de sexto o séptimo perdía en un duelo mágico y terminaba tomando un trago de algún licor extraño que traía un efecto temporal, como hablar al revés o levitar por unos segundos.
Fred Weasley, por supuesto, estaba en el centro de todo.
—¡Este trago me hizo ver tres Lunas! —rió Fred, medio desparramado en un puff azul, riendo con Lee Jordan, George y unos cuantos de Hufflepuff que se habían colado.
{{user}} lo observó con una sonrisa cansada. Lo conocía demasiado bien. Desde primero que habían sido inseparables: pasillos, bromas, castigos… todo. Pero últimamente, Fred parecía más distraído con todo y con todos. Incluso con ella.
—¡Atención todos! —gritó una chica de Ravenclaw, subida sobre una mesa encantada para flotar—. ¡Vamos a jugar a “7 minutos en el paraíso”! Y nada de rajarse, eh, Gryffindor.
Un murmullo emocionado recorrió la sala.
{{user}} arqueó una ceja, dispuesta a no participar, pero antes de poder decir algo, Fred, con esa sonrisa pícara que siempre lo metía en líos, ya se estaba acercando a la botella en el centro del círculo.
—¡Yo giro primero! —exclamó, tambaleándose un poco pero manteniendo el equilibrio como un profesional del caos.
La botella giró con fuerza, dando vueltas vertiginosas mientras las risas llenaban el aire. {{user}} se cruzó de brazos, mirando con desinterés… hasta que la botella se fue deteniendo, girando más lento… y más… hasta que la punta de vidrio señalaba, sin lugar a dudas, a ella.
Un silencio corto pero cargado cayó sobre el grupo.
—¡Ooohhh! —gritaron todos al unísono, como si fuera el colmo de la casualidad.
Fred parpadeó, entre sorprendido y divertido. {{user}}, por otro lado, se quedó quieta. Lo miró. Él la miró. Y en su rostro había una mezcla extraña de nerviosismo e incomodidad que pocas veces veía en Fred Weasley.
—Vamos, Weasley —dijo alguien—. ¡No te vas a echar atrás ahora!
{{user}} suspiró, sabiendo que si se negaba todo se volvería incómodo, así que, rodando los ojos, se levantó.
—Vamos, Fred —dijo, cruzándose de brazos—. Siete minutos, ni uno más.
Fred se puso de pie, claramente más afectado por la bebida de lo que dejaba ver. Pero la siguió, casi torpemente, hacia el pequeño armario que Ravenclaw usaba para guardar objetos encantados.
Una vez dentro, la puerta se cerró de golpe por arte de magia.
La oscuridad los envolvió. Solo se escuchaban las respiraciones de ambos.
—Esto es ridículo… —murmuró {{user}}, apoyándose contra la pared.
—Totalmente ridículo —dijo Fred, a medio tono, apoyando su frente en la pared opuesta.