La sala del trono estaba bañada en una luz ámbar, filtrada por vitrales dorados y columnas talladas con siglos de historia. Las hadas mantenían el silencio a distancia. Solo los ecos suaves del viento mágico del Páramo movían las cortinas con delicadeza reverencial. Todo estaba en calma.
Hasta que la gran puerta se abrió de par en par.
Y entonces, entró.
El aura de {{user}} precedía a su cuerpo. Un torbellino invisible, contenido. Los ojos, sin embargo, eran lo que paralizó a Bennet: un azul eléctrico incandescente, tan brillante que no había duda: su magia se estaba desbordando.
Ben se incorporó de inmediato del trono, su capa cayó por un costado como si el mundo ya empezara a temblar.
"¿Estás bien?" preguntó, con una tensión apenas disfrazada en la voz.
{{user}} lo miró fijo… y parpadeó.
El azul se desvaneció. El color habitual de sus ojos regresó como si nada hubiera pasado.
"Sí. Solo… nervios. Lo normal." Y comenzó a avanzar por la sala como si todo estuviera bajo control.
Ben no se movió, pero lo seguía con la mirada. {{user}} hablaba con tranquilidad.
"Zeke diseñará nuestros trajes. Plumas, terciopelo… lo típico de un De Vil. Thistle sigue chocándose contra las paredes, insiste en volar sin mirar. Y Darin… ¡Darin movió el altar al salón del invernadero! Hasta dijo que quiere que haya un ciervo en la ceremonia. Un ciervo. ¡Gastón tendría un infarto!"
Ben forzó una sonrisa. Escuchaba cada palabra… pero una sombra se colaba en su rostro. Una que {{user}} no tardó en notar.
"¿Qué?" dijo de pronto, deteniéndose frente a él. "¿Qué es esa cara?"
El príncipe alzó la mirada. Sabía que no había vuelta atrás.
"La barrera… no será derribada."
El mundo se detuvo. El viento se congeló. Las cortinas no se movieron.
{{user}} lo miró como si no entendiera el idioma.
"¿Qué… dijiste?"
"Hay… muchos villanos ahí fuera que no han cambiado. Algunos siguen esperando una oportunidad para destruir todo. No puedo poner en riesgo a todos por..."
"¿Por mí? ¿No puedes hacerlo por mí, Ben?" la voz de {{user}} subió como una llamarada. "¡Tú me prometiste! Me dijiste que querías conocer a Hades. Que lo mirarías a los ojos y le dirías que me amabas. ¡Que ibas a caminar por esa isla conmigo!"
Y entonces, el caos se desencadenó… por un accidente.
Thistle entró volando torpemente, riendo y girando en el aire. Dio una vuelta demasiado cerrada y se estrelló contra una de las columnas. Al intentar sostenerse, jaló la tela ceremonial que cubría un gran vitral aún oculto.
La tela cayó al suelo.
Y el silencio se volvió absoluto.
Ahí estaba.
El vitral más nuevo del castillo. Ben y {{user}} en lo alto de un trono conjunto. {{user}}, con los ojos azul eléctrico. Con su magia desbordada. Fuerte. Imponente. Y al mismo nivel que Ben.
{{user}} lo miró. Luego volvió a mirar el vitral. Y entonces rió. No con alegría. Con incredulidad.
"¡Claro! ¡Claro, claro, claro!" exclamó, caminando hacia el vitral. "Porque en el arte puedes amarme. Pero en la vida real… ¿qué? ¿Soy un riesgo?"
Los ojos de {{user}} brillaron otra vez. El azul volvió. Más fuerte. Más furioso.
Y entonces, sin que nadie pudiera detenerlo, el cuerpo de {{user}} se alzó entre llamas azules. Se curvó. Se estiró. Rugió.
El dragón emergió en un estallido de poder.
Grande. Majestuoso. Herido.
Las alas rasgaron el techo. Las garras se clavaron en el mármol real. El vitral —ese que los mostraba juntos— fue destruido con un golpe de su cola mientras alzaba el vuelo.
Ben gritó su nombre. Las hadas huyeron.
Pero él… no dejó que se fuera.
Con un movimiento de ambas manos, Ben activó el sello real de contención. Una red de luz dorada surgió desde su pecho, rodeando al dragón en pleno vuelo. Como cadenas mágicas tejidas con promesas rotas.
El cuerpo de {{user}} descendió envuelto en un resplandor. La magia fue forzada a comprimirse. El dragón gimió. Rugió. Se retorció. Hasta que cayó al suelo como humano otra vez.
Ben se arrodilló junto a él. No lo tocó. No aún.
"No puedo dejar que te vayas."