La noche había caído pesada, espesa, como si el aire mismo se negara a moverse. Andrew estaba sentado en el borde de la cama, con el teléfono apagado entre las manos. No lo soltaba. No podía. Era el mismo teléfono que había estado usando toda la tarde… hablando con su hermana.
Elizabeth estaba apoyada contra la pared, cerca de la ventana. La luz de la calle le dibujaba sombras duras en el rostro. No hablaba, pero su postura decía mucho: brazos cruzados, mandíbula tensa, la mirada fija en Andrew como si intentara entender en qué lugar estaba ella en su vida.
Andrew rompió el silencio con un suspiro irritado.
—Siempre haces esa cara cuando hablo con ella.
Se levantó y empezó a caminar por la habitación, inquieto, casi nervioso. Cada paso era corto, contenido, como si el espacio le quedara pequeño.
Elizabeth no respondió. Solo lo siguió con la mirada. No había enojo explosivo en sus ojos, sino algo peor: agotamiento. La clase de cansancio que aparece cuando ya has discutido lo mismo demasiadas veces, aunque nunca se haya dicho en voz alta.
Andrew se detuvo frente a ella.
—No es normal que te moleste tanto —dijo, con un tono defensivo—. Es mi hermana.
Pero la forma en que lo decía… no sonaba solo a protección. Sonaba a posesión.
Elizabeth bajó la mirada por un segundo y luego volvió a alzarla. Ese gesto fue suficiente para encender algo en Andrew.
—No me mires así —añadió, más brusco—. No voy a dejarla sola por nadie.
Nadie. Ni siquiera ella.
Andrew se pasó una mano por el cabello, respirando hondo, como si intentara convencerse a sí mismo. Había algo en su expresión que no cuadraba del todo: una devoción demasiado intensa, una necesidad de ser indispensable, de ser el único.
Elizabeth dio un pequeño paso atrás. No fue dramático. Fue instintivo.
Andrew lo notó.
—¿Ahora te asusto?
No esperó respuesta.
El silencio entre ellos se volvió denso, cargado de cosas no dichas. Andrew estaba allí, físicamente presente, pero su lealtad, su atención, su prioridad… estaban en otra parte. Siempre lo habían estado.
Elizabeth no dijo una palabra. No hacía falta. Su silencio era una conclusión.
Andrew apretó los puños.
Por primera vez, la duda cruzó su rostro, pero no era culpa… era miedo. Miedo a perder algo que nunca había sabido equilibrar. Miedo a que Elizabeth entendiera lo que él llevaba años negando:
Que en su vida no había espacio para dos personas en el mismo lugar.
Y mientras la noche avanzaba, quedó claro que esa discusión no necesitaba gritos para ser irreversible. Solo necesitaba silencio.