Katsuki se hartó rápido esa mañana. La clase era aburrida, la voz del profesor un zumbido molesto, y el aire del aula le sabía a encierro. Sin pensarlo demasiado, se levantó, tomó su mochila y salió rumbo a los baños del piso superior. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevía.
Se encerró en uno de los cubículos, apoyado contra la pared fría. Cerró los ojos solo un momento… hasta que escuchó un leve “clic” seco, y las luces se apagaron de golpe.
+Oscuridad total. Ni un solo ruido. Como si el mundo se hubiera puesto en pausa.*
Al salir, notó que algo no estaba bien. El pasillo estaba completamente vacío. Bajó por las escaleras, cruzó la entrada principal, pero no encontró a nadie. Ni maestros, ni estudiantes, ni ruido de autos. Afuera, la ciudad estaba sumida en un silencio aterrador.
Fue entonces cuando las vio: unas luces brillando a lo lejos, en dirección al centro. Sin pensar mucho, comenzó a caminar hacia ellas.
Al llegar, se encontró con un edificio que nunca había visto antes. Sus puertas de vidrio se abrieron solas, y dentro, docenas de personas observaban en silencio una mesa repleta de celulares. Katsuki se acercó, tomó uno casi por instinto.
“En 20 minutos y 15 segundos, dará inicio la selección. Por favor, registre su presencia.”
El mensaje apareció en pantalla, acompañado de un tono monótono que le erizó la piel. Nadie decía nada, pero todos sabían que, después de eso, ya no habría marcha atrás.