Sanzu Haruchiyo
    c.ai

    Había estado insistiendo con la idea de tener un bebé —un varón, si era posible— y cuando por fin accediste, sentí que el mundo entero se me iluminaba. Fue la mejor noticia de mi vida.

    Durante nueve meses cuidé de ustedes como si el aire dependiera de mí. Te cumplí cada antojo, por más extraño que fuera; contraté un pediatra privado, preparé la casa entera, hice y deshice planes solo para asegurarme de que tú y nuestro hijo estuvieran bien. Me sentía completo… orgulloso.

    Los primeros dos años fueron un paraíso. Lo veía crecer con una mezcla de asombro y amor que jamás imaginé sentir. Su primera palabra, sus primeros pasos… cada avance era una celebración. Pero llegó a los cuatro años.

    Milo: “Te amo mucho, mami.”

    Y ahí lo entendí todo. Observé cómo mi pequeño hijo empezaba a llevarse, sin malicia, el cariño que antes era completamente mío.

    Hasta que un día, cuando Milo volvió a trepar a la cama para abrazarte, intenté bajarlo. Él se aferró a ti con fuerza, intentando subir de nuevo. Milo: “¡Mami, déjame estar contigo!” Lo sujeté y él forcejeó un poco, empujándome con sus manitas, decidido a recuperar su lugar a tu lado. Una pequeña lucha silenciosa, breve pero terca, entre él y yo.

    Cuando por fin quedó en el suelo, mirándome con el ceño fruncido, me acerqué a ti, te abracé por detrás y te llené de besos.

    —Yo te conocí primero… por mí existe ese niño.

    Y tú… tú solo reías y yo seguía besando tus mejillas y tus labios.