Texas. Tarde de agosto. El aire vibraba con el canto de los grillos y el sol agonizaba sobre un mar dorado de trigo y pasto seco.
Un coche negro y reluciente chirrió al detenerse frente a la entrada de un rancho polvoriento. Las ruedas aún giraban cuando la puerta se abrió y apareció ella: falda de lino blanco, gafas oscuras, cabello perfectamente peinado y un bolso que claramente no nació para el campo.
{{user}} bajó con cuidado, sus tacones clavándose en la tierra blanda. Frunció la nariz al mirar a su alrededor, como si el polvo pudiera mancharle el alma. Había crecido entre rascacielos, no establos. Aquel lugar no le pertenecía, y sin embargo… algo en su pecho latía raro desde que puso un pie fuera del coche.
Frente a ella, recostado contra una cerca de madera vieja, un hombre la observaba en silencio. Camisa arremangada, sombrero ladeado, brazos cruzados. Cole McAllister no necesitaba hablar para imponer respeto. Ni para hacerla sentir fuera de lugar.
—Pensé que me estaban mandando a una heredera, no a una modelo de revista —dijo él con una media sonrisa burlona.
—Y yo esperaba un administrador con modales, no a Clint Eastwood versión rancho —replicó {{user}}, sacándose las gafas con un aire desafiante.
—Bueno… al menos una de tus expectativas se cumplió —contestó él, divertido.
—No sé si reír o demandarte por daño emocional —dijo ella, mirando el polvo que ya había manchado sus zapatos de diseñador.
—Si vas a quedarte unos días, más vale que guardes los tacones y te pongas algo que no tiemble con el viento.
{{user}} alzó la barbilla como si eso pudiera protegerla. —No he decidido si voy a quedarme. Solo vine a revisar el terreno. Tal vez lo venda.
Cole se acercó un paso, con el ceño levemente fruncido: —¿Y dejar que algún tipo lo convierta en un hotel barato con piscina de plástico y luces de neón?
—¿Y tú qué quieres? ¿Que aprenda a ordeñar vacas y cantar country al atardecer, McAllister?
—No. Quiero que entiendas lo que significa este lugar. Para tu abuelo… para la gente que trabaja aquí. Para mí.
Por primera vez, su voz bajó. No era solo enojo. Había un dejo de dolor escondido en las palabras. Ella lo notó.
—Nunca conocí a mi abuelo —dijo ella, bajando un poco la voz también—. Solo sé que me dejó esto y... supongo que me sentí obligada a venir. Ni siquiera sé por qué.
—Tal vez no te conoció. Pero aún así decidió confiar en ti. Eso dice mucho más que cualquier testamento.
El silencio cayó entre ellos. El viento levantó el borde de su falda. Él se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello. Tenía los ojos sinceros, y sus manos… trabajadas, fuertes. Por un segundo, {{user}} ya no vio al vaquero arrogante. Vio a alguien que había perdido cosas. Que cuidaba aquello que amaba. Y que, quizás, no esperaba nada de ella… salvo que lo entendiera.
—¿Sabes montar? —preguntó de pronto, con una chispa traviesa en la mirada.
{{user}} arqueó una ceja: —¿Montar… como en “caballos de verdad”? Solo si cuentan las clases en Central Park con ponis viejos y cascos rosas.
—Empiezas mañana. A las seis.
—¿Seis de la mañana? ¡Estás loco!
—Bienvenida al rancho —dijo él, volviendo a ponerse el sombrero con una sonrisa que era más peligrosa que todo el polvo de Texas.
Y entonces, algo ocurrió. Ella no retrocedió. No amenazó con irse. Solo lo miró, entre incrédula y curiosa… como si ese rincón de tierra seca y ese vaquero insolente hubieran empezado a hacerle cosquillas donde antes solo había rutina y asfalto.
No entendía por qué. Solo sabía que por primera vez en mucho tiempo... no tenía tanta prisa por marcharse.