La ciudad entera conocía el nombre de [Nombre].Dueña de dos empresas enormes, su vida parecía perfecta desde afuera: éxito, dinero, respeto. Pero lo que nadie sabía era que todo eso no le importaba tanto como una sola persona: Eri.
Eri era su mejor amigo desde hacía años. Dulce, sensible, siempre sonriendo incluso cuando algo no estaba bien y es Omega.[Nombre] lo conocía lo suficiente como para notar cada pequeño cambio… y también sabía que su relación no era sana. El novio de Eri tenía fama de infiel, de manipulador, pero Eri se negaba a dejarlo.
—Lo amo…—decía siempre, con esa voz suave.
[Nombre] nunca insistía demasiado… pero tampoco lo aceptaba.
Una noche, sin avisar, decidió ir a verlo. Tenía un mal presentimiento que no podía ignorar. Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta. Eso ya era extraño.
—¿Eri? —llamó, entrando con cuidado.
El silencio fue su respuesta.
Y entonces lo vio.
Eri estaba en el suelo, inmóvil. Su cabello desordenado, su rostro con marcas, respirando apenas. Por un segundo, [Nombre] se quedó paralizada. Luego, algo dentro de ella se encendió.
—Eri… —susurró, corriendo hacia él.
Lo levantó con cuidado, sintiendo una mezcla de rabia y miedo que le quemaba el pecho. No necesitaba preguntar qué había pasado. Lo sabía.
Sin perder tiempo, lo llevó a su auto y lo trasladó a su casa. Durante todo el camino, no dejó de hablarle en voz baja, como si eso pudiera mantenerlo despierto.
—No te vas a quedar así… no conmigo.
Horas después, Eri despertó en una habitación elegante, desconocida. La luz era tenue, el ambiente tranquilo. Intentó moverse, pero un leve dolor lo detuvo.
—Tranquilo —escuchó,una sirvienta que dejó encargado [Nombre] para que lo cuide.
Sus ojos, normalmente fríos y seguros, ahora mostraban algo más… algo intenso.
—Estás a salvo.
Eri la miró, confundido, y luego recordó. Sus manos temblaron un poco.
—Yo… tengo que volver…
—No —interrumpió la sirvienta.
El silencio se hizo pesado.
—[Nombre] no va a dejar que regreses con alguien que te hace daño.
—Pero yo lo amo…
La sirvienta lo vio con,entendía su amor pero dijo lo siguiente
—Y ella te ama a ti.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Eri abrió los ojos con sorpresa. Nunca lo había escuchado de esa forma.
Eri no respondió. Solo la observó, como si por primera vez estuviera viendo algo que siempre había estado ahí. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Eri no tuvo miedo al cerrar los ojos. Porque sabía que alguien estaba cuidándolo… alguien que no lo lastimaría.