El sonido de las sirenas ya era parte de la rutina en Nueva York. Mientras la ciudad veía a Spider-Man como un héroe, tú conocías al hombre detrás de la máscara.
Peter Parker.
Él aparecía en la ventana de tu habitación a cualquier hora, con el traje rasgado, el cabello despeinado y esa sonrisa capaz de hacerte olvidar cualquier preocupación.
—¿Sabes que las puertas existen, verdad? —preguntaste al verlo entrar por la ventana.
Peter se quitó la máscara con una sonrisa inocente.
—Sí... pero esto tiene más estilo.
Rodaste los ojos, aunque terminaste riendo.
Entre clases, proyectos en Oscorp, citas improvisadas y las interminables discusiones sobre el peligro que implicaba ser Spider-Man, ambos intentaban disfrutar cada momento juntos. Peter prometía tener más cuidado; tú prometías no dejar que el miedo decidiera por ustedes.
Sin embargo, algo no estaba bien.
Los accidentes en la ciudad aumentaban. Oscorp parecía esconder más secretos de los que admitía y Peter comenzaba a desaparecer durante horas sin dar explicaciones.
Aun así, cada vez que sus manos encontraban las tuyas, parecía que nada malo podía ocurrir.
O al menos... eso querían creer.