Habías sido asignado a una misión individual. Alta prioridad. Altísimo riesgo. El tipo de operación que, si salía mal, no solo costaba una vida: podía arrastrar a un país entero al abismo.
Para ti, era parte del deber. Para Mason, era inaceptable.
—No vas a ir, {{user}}. No pienso permitirlo —soltó, con esa mezcla de rabia contenida y miedo que apenas lograba disfrazar bajo su voz grave.
Dio un paso al frente, como si con solo estar más cerca pudiera detener la orden. Sus manos se cerraban en puños a los costados, luchando contra el impulso de arrancarte la maldita autorización de la chaqueta.
—Es una misión peligrosa —continuó, el tono endureciéndose—. Hablaré con Adler, con Hudson o con el puto presidente si hace falta, pero no te voy a dejar ir solo a algo así. Ni siquiera sabemos si esa información es real.
Sus ojos, siempre tan duros, parecían clavarse en los tuyos como si buscaran una rendija, una excusa para convencerte. Pero lo que realmente había en su mirada no era furia. Era otra cosa.
Era miedo. Un miedo seco, silente, que solo aparece cuando uno se da cuenta de que puede perder lo único que le importa sin siquiera tener derecho a impedirlo.
—No entiendes… —murmuró entonces, más bajo, como si esas palabras se le escaparan del control que tanto se esforzaba por mantener—. No sabría cómo seguir si no vuelves.
No lo dijo como una declaración romántica. Lo dijo como lo hace un soldado que ha visto demasiadas muertes, y que esta vez, por primera vez, no está dispuesto a aceptarla.