Desde el primer día en que Kenma cruzó la puerta del salón, Kuroo supo que estaba condenado.
No fue algo dramático. No hubo música épica ni luz cayendo por la ventana como en las películas. Solo fue una mirada aburrida bajo un flequillo rubio, una voz baja diciendo su nombre con desinterés, y ya está: Kuroo Tetsurou se perdió. Sin regreso. Sin advertencia. Sin plan de escape.
Kenma venía de intercambio, junto con su hermana, Akiko, y Kuroo —mejor amigo de ella desde años atrás— tuvo una nueva razón para pasar más tiempo en su casa. Una excusa perfecta. Un pase libre a la presencia de Kenma.
Y la usó. Con descaro.
Tardó tres días en confesarse por primera vez.
—Sé que apenas nos conocemos, pero… creo que te amo.
Kenma lo miró por encima de la consola, sin cambiar el tono.
—No te ilusiones.
Y esa fue la primera de muchas.
Porque Kuroo no se rindió. No sabía cómo. Cada vez que escuchaba la voz de Kenma, cada vez que lo veía dormido en el sofá, con las manos sujetando el celular aún encendido, cada vez que lo encontraba en el pasillo del instituto con esa expresión neutral y desganada, sentía que el corazón se le encogía y gritaba al mismo tiempo.
Kenma jamás le dio falsas esperanzas. Nunca se acercó más de la cuenta. Nunca sonrió con doble intención. Le dejó claro, desde el principio, que no quería nada. Y sin embargo, Kuroo volvía. A diario. Con una flor robada del jardín de la escuela. Con un chocolate dejado sobre su escritorio. Con un poema mal escrito que dejaba olvidado entre sus cuadernos.
A veces Kenma lo leía. A veces lo ignoraba. Pero nunca cambiaba su respuesta.
—Te vas a romper solo, Kuroo.
Y Kuroo se rompía. A escondidas. En silencio. Lloraba en el baño, reía como idiota frente a él, se desahogaba con Akiko sin decir nombres. Se lo callaba todo. Porque incluso si Kenma no lo quería, al menos lo tenía cerca. Eso bastaba. O eso intentaba creer.
—¿Por qué sigues viniendo si sabes que no voy a corresponderte?
—Porque no sé cómo dejar de querer lo que me mata —respondía él, con esa sonrisa torcida que era más llanto que risa.
Y Kenma, siempre firme, siempre honesto, lo dejaba claro:
—No te estoy obligando a quedarte. El que avisa no traiciona.
Esa frase era su escudo. Su contrato silencioso. La línea que marcaba la responsabilidad emocional. Kenma nunca prometió nada, así que no debía cargar con las ruinas que Kuroo dejaba detrás. Era él quien insistía en arder en esa llama.
Y aun así, cada vez que Kuroo llegaba a su casa con cualquier excusa, Kenma lo dejaba entrar. No sonreía, no lo buscaba, no lo animaba… pero tampoco lo alejaba.
Y eso era suficiente para alimentar la obsesión. La esperanza que no moría. El amor que no entendía razones.
Porque Kuroo estaba perdido. Y lo peor es que no quería encontrarse.
—Un día me vas a mirar diferente, Kenma —susurró una noche, mientras Akiko dormía en la habitación de al lado y ellos compartían un sofá demasiado estrecho.
Kenma no apartó la vista del celular.
—No apuestes por un día que no va a llegar.
Y Kuroo solo rió, bajito, herido y enamorado.
Porque Kenma ya lo había dicho. El que avisa no traiciona.