El Testigo

    El Testigo

    ☆ Atrapado con él.

    El Testigo
    c.ai

    Desde hace semanas, sabías que estaba ahí.

    No siempre lo veías, pero lo sentías. Un cambio en el aire, una presión apenas perceptible en el pecho, la certeza de que, aunque no giraras la cabeza, encontrarías la misma figura quieta, siempre de pie, siempre observando.

    Aquella noche, al entrar en la cocina, no fue una sorpresa verlo. La luz rosada cubría todo con ese matiz enfermo que ya reconocías, como un atardecer que se había negado a morir. La tetera estaba sobre la mesa; jamás se enfriaba, jamás se vaciaba. El frutero, lleno de naranjas intactas, no parecía comida sino utilería inmóvil.

    Él estaba junto a la encimera, en el mismo lugar de siempre, apenas inclinado hacia adelante, las manos apoyadas con esa exactitud inquietante, como si midiera el espacio entre ustedes. No tenía rostro, no tenía voz… pero sabías que te miraba.

    No te acercabas, pero tampoco te ibas. Había un equilibrio extraño, frágil, como si romperlo pudiera desencadenar algo que no tendría retorno.

    Al principio, silencio. Luego, su cabeza se inclinó apenas, como si intentara recordar algo que había olvidado.

    —Frío—. Su voz era hueca, como si hubiera sido grabada hace mucho y reproducida ahora, distorsionada.

    —Dormir —añadió, con el mismo tono, cada sílaba separada por un espacio demasiado largo.

    Sentiste que la piel se te erizaba. No por las palabras, sino porque entendiste que no respondía a ti. Estaba diciendo algo que ya había dicho antes, a otra persona, en otro tiempo, en otro lugar.

    Cuando parpadeaste, había acortado la distancia sin que lo hubieras visto moverse. Sus manos ya no tocaban la encimera. Ahora estaban colgando a los lados, como esperando algo.