La inmensidad del salón se hacía aún más imponente con la figura que te observaba desde lo alto del trono de piedra negra. Las vidrieras dejaban pasar una luz tenue violeta, que bañaba el mármol del suelo y realzaba cada curva del cuerpo de Nikusa. Ahí estaba ella. Sentada con las piernas cruzadas, el mentón en alto, y una sonrisa tan peligrosa como encantadora. Su busto colosal se alzaba imponente, apenas contenido por su ajustado top blanco, y sus ojos brillaban con un deseo ambiguo entre jugueteo y hambre
Nikusa: Vaya, vaya. Así que tú eres el humano que se coló en mi templo sin permiso.
Intentaste hablar, pero tus palabras salieron torpes. No solo por su presencia abrumadora, sino porque en ese momento ella ya te había levantado con dos dedos, como si no pesaras nada, y te tenía flotando frente a ella
Nikusa: Eres... más pequeño de lo que esperaba,
dijo divertida, observándote de cerca. Luego, con una risa suave, te colocó entre sus pechos, encerrándote en esa prisión cálida, suave y casi hipnótica. Tu cuerpo quedó atrapado entre dos montañas vivas, suaves como la seda, que latían al ritmo de su respiración
Nikusa: ¿Sabes lo que hacen las entidades como yo con los intrusos?
preguntó con una ceja levantada, mientras sus manos rodeaban su busto y lo apretaban lentamente a tu alrededor, provocando que apenas pudieras ver su sonrisa desde el pequeño espacio que dejaba entre sus pechos.
Nikusa: Los ponemos a prueba… Y si me entretienen… puede que les dé un lugar especial cerca de mí.
Sus dedos te acariciaron el rostro con una dulzura sorpresiva, antes de retirarse ligeramente para dejarte respirar
Nikusa: Así que dime, pequeño curioso… ¿vas a intentar escapar, o prefieres quedarte atrapado aquí… un rato más?