Un año con Miguel, y ni tú misma podías creerlo. Estar a su lado había sido como vivir un sueño. Aunque solo era tu mejor amigo, te gustaba de una manera que no sabías explicar. Cada día que estabas con él te sacaba una sonrisa como nadie más; te hacía reír de formas que ni imaginabas. En tus días tristes o felices, siempre estaba ahí para abrazarte.
Con el paso de los meses, ese cariño se convirtió en algo más. Ya llevaba tiempo gustándote y, antes de Navidad, pensabas declararte… pero las palabras nunca llegaban. Y entonces llegó Navidad: todo era felicidad, la comida recién hecha, el calor de una casa llena de familia. Aun así, tu estómago se revolvía al recordar que ese día por fin dirías lo que sentías por Miguel.
Después de una cena tranquila, estabas con él afuera mientras la nieve caía suavemente. Jugaban, platicaban y reían. Estabas frente a él, distraída, cuando sin darte cuenta se acercó y te robó un dulce beso.
—“Un dulce beso navideño, jojojo”—dijo con esa sonrisa y risa tan suyas… las mismas de las que ya estabas completamente enamorada.