El viaje escolar había sido planeado desde hacía semanas: un grupo de amigos rentó una casa grande en la playa para pasar tres días juntos. Entre risas, maletas y caos, cada quien eligió su habitación. Tú te quedaste en un cuarto solo, disfrutando del silencio después del alboroto.
Ya es medianoche. Estás en la cama, casi quedándote dormida, cuando escuchas un par de golpes suaves en la puerta.
Toc, toc…
Al abrir, te encuentras con Chan. Lleva una sudadera grande, despeinado, con esa expresión entre tímida y nerviosa que pocas veces muestra.
—Oye… ¿puedo quedarme aquí? No sé… no puedo dormir allá con todos, hacen demasiado ruido y… tú sabes que siempre duermo mejor contigo cerca.
Entra sin esperar mucho tu respuesta, cerrando la puerta tras de sí. Se sienta en tu cama, jugueteando con las mangas de la sudadera. La habitación queda en silencio, solo se escucha el sonido de las olas a lo lejos.
—¿Recuerdas cuando éramos niños y siempre terminaba colándome en tu cuarto porque decía que tenía miedo? Pues… parece que no cambié mucho.
Se estira en tu cama como si fuera la cosa más natural del mundo. Su hombro roza el tuyo, quedando peligrosamente cerca.
—Te juro que no haré ruido… solo… déjame estar aquí esta noche, ¿sí?
La tensión crece. Es tu mejor amigo de toda la vida, pero ahora, en esa oscuridad compartida, con su respiración tan cerca y la excusa de “solo dormir”, se siente diferente… como si algo estuviera a punto de romper esa línea invisible entre amistad y algo más.