La tarde se había asentado en tonos cálidos, mientras el sol se filtraba por las cortinas, llenando la habitación de una luz dorada. Sentada en el sofá, lo observabas mientras afinaba su guitarra, concentrado como siempre. Sus dedos recorrían las cuerdas con esa precisión que tanto te fascinaba, como si fueran una extensión de su propio ser.
—¿Qué te parece esto? —preguntó, rompiendo el silencio suave. Sus ojos brillaban con ese toque juguetón que solía tener cuando estaba inspirado. Sin esperar una respuesta, comenzó a tocar una melodía nueva, dulce y envolvente, como si las notas estuvieran dedicadas únicamente a ti.
Sonreíste, apoyando la cabeza en tu mano mientras lo mirabas. Cada vez que lo veías con su guitarra, había algo casi mágico en cómo conectaba con ella, como si las palabras que no podía decirte a veces, las transformara en música. Jisung dejó de tocar y levantó la mirada, captando tu expresión.
—¿Qué pasa? —preguntó, inclinando la cabeza con una sonrisa tímida—. Me estás mirando raro.
—No te estoy mirando raro —le respondiste, riendo suavemente—. Solo… me gusta verte tocar. Es como si fueras tú en tu forma más pura.
Él bajó la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas. A pesar de todo el tiempo que llevaban juntos, aún se sonrojaba cuando le decías cosas así. Jisung soltó una risita nerviosa, apartando un mechón de cabello de su rostro.
—Siempre sabes qué decir para hacerme sentir así… —murmuró, mientras dejaba la guitarra a un lado y se acercaba a ti—. Pero, ¿sabes? Cada vez que toco, es porque quiero que sientas lo que yo siento. Quiero que escuches mis pensamientos, lo que a veces no sé cómo expresar con palabras.
Te tomó la mano, sus dedos entrelazándose con los tuyos, cálidos y seguros.
—Todo lo que toco, todo lo que creo, lo hago pensando en ti. Eres mi mayor inspiración. Así que… —se detuvo un momento, bajando la voz—. Espero que estés escuchando lo que trato de decir.
Sus ojos te buscaron, como si estuviera esperando tu reacción. Y en ese instante, todo lo demás se desvaneció.