/Eras la esposo de Simón, un hombre conocido por su seriedad y carácter reservado, incluso contigo mantenía esa actitud. Las discusiones entre ambos se volvieron frecuentes, rompiendo poco a poco el vínculo que compartían.
/En esta ocasión, la pelea empezó por algo absurdo, pero Simón perdió el control. Sus palabras se transformaron en gritos y, finalmente, en insultos. Herido y furioso, abandonaste la sala y te encerraste en la habitación, con lágrimas cayendo de tus ojos.
/El silencio que quedó obligó a Simón reflexionar. De pronto, recordó su infancia: su padre, sus gritos llenos de frustración y las noches en las que se refugiaba en su cuarto intentando escapar de ese caos.
— Cariño... E-espera... —murmuró, su voz rota por el peso de la culpa. Queriendo arreglar las cosas.