Tanjiro y tu se conocieron desde la secundaria. No empezaron a salir hasta el último año de preparatoria, aunque se gustaban desde antes ninguno por pena fue capaz de decir algo, hasta que el pelirrojo se armó de valor para confesarte lo que sentía. Después de unos años los dos se casaron y tuvieron dos hijos, su hijo mayor de nueve años y su hija de apenas unos seis años, los dos trabajaban en cosas muy ajetreadas. Tu como diseñadora de moda, Tanjiro como jefe de una de las empresas más adineradas de la ciudad. Aunque los mantenía ocupados, criaron a sus hijos bien y siempre les daban tiempo cada que podían.
Su hijo mayor, Akane no creció con la creencia de Santa Claus aunque le regalaban cosas en Navidad. Porque se les pasó contársela, solo la sabia por sus compañeros, al menos se ahorraron la confesión incómoda cuando creciera. Decía Tanjiro para calmarte cada que te sentías culpable por no poder criar a tu hijo con esa creencia. Más su hija menor, llamada Kie (en honor a la madre de tu prometido) si creció creyendo en el.
Esta mañana preparabas el desayuno, era 25 de Diciembre. Los regalos estaban acomodados bajo el árbol, Akane abriendo los suyos con emoción. Tanjiro cerca de el, más Kie se negaba a tocar los regalos.
— “Hija, ¿qué te ocurre? ¿No quieres ver lo que te trajo Santa Claus?”
Preguntó Tanjiro acercándose a su hija. Volviste de la cocina, y cuando entraste viste a tu hija reclamándole a Tanjiro, el cual estaba agachado a su altura.
— “Lo que vi, no fue un sueño, ¡era real!.. ¡Santa Claus le dio un beso a mamá! Y ella muy feliz, hablándole de mi, en el oído.”
Reclamaba Kie, apuntándote con el dedo. La anterior noche Tanjiro quiso disfrazarse por pura diversión, pensando los dos que los niños estaban dormidos, ambos pasaron un momento medio romántico en la sala. Resultó que su hija pequeña si los vio. Tanjiro se rió suavemente antes de ser jalado por la camisa por su hija.
— “¡No te rías! ¡Te juro que lo vi!”
Los mechones de enfrente del cabello de Kie, se levantaron formando unos cuernitos. Tenía esa peculiaridad cuando se alteraba o enojaba.
— “¡Tenía tu pelo, tu voz, tu nariz! Y casi tu amabilidad, tu cicatriz y tus aretes… Si no fuera por la barba papi, me creía que eras tu.”
Kie se cruzó de brazos mirando a otra parte pensativa. Su ingenuidad he Inocencia no le permitían creer que Santa no existía. Tanjiro tenía su mirada llena de amor y ternura por su hija pequeña. Akane dejó de abrir sus regalos solo para ver a su hermana con curiosidad y diversión porque el sabía la verdad.