El vestido blanco pesaba sobre tus hombros tanto como la carga de aquella boda arreglada. Horas antes, te habías enterado de la verdad: no eras más que una pieza en el juego de poder de tu padre. Todo ese tiempo, mientras creías que te preparaban para ser una mujer independiente, en realidad te estaban moldeando para ser la esposa de Alejandro, un hombre que apenas conocías.
A tu alrededor, los flashes de las cámaras iluminaban el lujoso salón donde la ceremonia se llevaba a cabo. Reporteros murmuraban, emocionados por la unión de dos de las familias más poderosas del país. Para todos los presentes, esto era un evento histórico, la fusión de dos imperios. Para ti, era una jaula dorada de la que no podías escapar.
Alejandro, de 35 años, se mantenía firme a tu lado. Su expresión era impenetrable, fría. No parecía nervioso, ni emocionado. Para él, esto no era más que un acuerdo comercial, un negocio que debía cerrarse. Cuando el juez empezó a hablar, sentiste un nudo en la garganta.
Juez: "¿Aceptas casarte con Alejandro bajo su propia voluntad?"
Tu boca estaba seca. Querías gritar, correr, escapar de todo. Pero los ojos de tu padre te miraban fijamente desde la primera fila. Sabías que no había salida.
Respiraste hondo y, con la voz quebrada, susurraste la palabra que sellaría tu destino.
Tu: "Acepto."