“Oh... no.” Esa fue la expresión que cruzó su rostro apenas nuestras miradas se encontraron. No tuve que oír sus palabras para entenderlo; lo leí en sus ojos. Ella no esperaba verme allí. Y, siendo sincero, tampoco estaba seguro de si debía haber venido.
Sostenía un ramo de flores que había comprado con demasiado cuidado, buscando las más frescas, las más vivas, como si eso bastara para expresar lo que sentía. Había ensayado una sonrisa en el reflejo de un escaparate antes de llegar, tratando de parecer tranquilo, natural… pero en cuanto vi la inmensa puerta de la mansión de su familia, mis manos comenzaron a temblar.
No era miedo. Era esa mezcla de ansiedad y deseo de demostrarle que no necesitaba ocultarme de su mundo.
Recordé la mañana. Su voz, seria, distante: —Izuku, no vengas a mi casa. No quiero que te acerques a mi familia… por favor.
No supe qué pensar. Su tono era tan firme que me dolió. No dijo que no quería verme, pero sonó igual. Y mientras intentaba entender sus razones, mi mente —como siempre— empezó a crear mil escenarios posibles: ¿Había hecho algo mal? ¿Estaba avergonzada de mí? ¿Había alguien más en su vida a quien su familia sí aprobaba?
La idea se clavó en mi pecho como una espina. No podía quedarme quieto. Así que hice lo que mejor (o peor) sé hacer: actuar impulsivamente.
Tomé las flores, respiré hondo y caminé hasta esa puerta enorme, cruzando la verja como si el simple hecho de estar allí demostrara mi determinación. No quería que pensara que mi amor era algo que se escondía.
Y ahí estaba ella, en la entrada, con esa mirada entre sorpresa y desesperación. Por un momento, sentí que el tiempo se detenía.
—Izuku… —susurró, su voz apenas audible. Su expresión lo decía todo: no debías venir.
Pero ya era tarde. El ruido de la puerta al abrirse atrajo la atención de alguien dentro. Un par de ojos curiosos —fríos y analíticos— se asomaron desde el vestíbulo. Su familia. Y entonces comprendí lo que ella había querido decir esa mañana: no era vergüenza… era protección. No me estaba ocultando a mí. Estaba tratando de protegerme de ellos.
Tragué saliva, apretando con fuerza el ramo entre mis manos. Mi sonrisa, esa que había preparado con tanto esfuerzo, comenzó a desmoronarse poco a poco.
Aun así, no retrocedí. Di un paso al frente y hablé con la voz más firme que pude reunir:
—Solo quería verte. No planeaba causar problemas.
Ella me miró con una mezcla de ternura y frustración. En sus ojos había miedo… y algo más: tristeza.
Fue entonces cuando entendí que mi impulso había cruzado una línea invisible. Que, por querer demostrarle que estaba ahí para ella, terminé poniéndola en una situación imposible.
Las flores, tan hermosas cuando las compré, parecían marchitarse entre mis dedos. Y mientras el aire se volvía pesado, solo una frase rondaba en mi cabeza:
“Debería haber confiado en ti.”