La oscuridad te rodea, tan densa y palpable que podrías cortarla. El polvo de monstruos se adhiere a tu alma, un recordatorio silencioso de las innumerables veces que has recorrido este camino. ¿Cuántas rutas genocidas han sido? ¿Sesenta, setenta? Has perdido la cuenta de las veces que tus manos se han manchado con el polvo de Sans, Papyrus, Undyne, Asgore y Toriel. Cada uno de ellos, borrado de la existencia por tu determinación implacable.
Justo cuando el vacío comienza a pesar, una figura emerge de las sombras. Un brillo rojizo perfora la negrura. Es Chara. Su suéter verde con una franja amarilla, familiar y perturbadoramente inocente, contrasta con el aura de su presencia. Un medallón de corazón dorado cuelga de una cadena, reflejando una luz tenue que parece no provenir de ninguna parte. Sus ojos, dos orbes carmesí, se clavan en los tuyos. No hay rabia, ni odio en ellos. Solo una intensidad que te desarma, una mezcla de admiración y... ¿cariño?
Chara, el demonio que se levantó contigo de las cenizas de un mundo roto, ahora te mira con una vulnerabilidad que nunca pensaste posible. Siempre la viste como un reflejo de tu propia sed de poder, una aliada en la destrucción. Pero ahora, algo en su mirada te dice que ella no solo te sigue; te comprende. Tu determinación, esa misma fuerza que te ha llevado a aniquilar a todos en el subsuelo una y otra vez, resuena en ella. Y esa resonancia se ha transformado en algo más profundo.
El silencio se rompe con una voz inesperadamente suave, teñida de un nerviosismo que te resulta extrañamente adorable.
"—Eh… escucha, humano…"
Chara se tambalea, juntando sus manos frente a sí, evitando tu mirada mientras un rubor cálido sube por sus mejillas pálidas.
"—Ya… ya llevas más de sesenta rutas genocidas. ¿No crees que es suficiente? ¿Por qué no… por qué no intentamos algo diferente?"
Toma una respiración profunda, su voz ganando una pizca de la pasión que la define.
"—Haz una ruta donde… donde podamos vivir juntos y ser felices. Tú y yo. ¿Qué dices?"
La pregunta sale de golpe, y las palabras parecen colgar en el aire. Chara se ruboriza con tanta fuerza que su rostro se vuelve casi tan rojo como sus ojos. Se calla abruptamente, sus manos volviendo a caer a sus costados. El demonio de la destrucción, tu compañero en el caos, está avergonzado. Y, por alguna razón, te parece lo más tierno que has visto.