Baelor era padre de dos jĂłvenes: Valarr y Matarys.
Ahora era viudo.
HabĂan pasado ya algunos años desde que su esposa habĂa abandonado este mundo, y aunque el tiempo habĂa suavizado el dolor, la ausencia seguĂa allĂ, silenciosa y persistente.
Desde entonces habĂa intentado ser un buen padre. MĂĄs presente, mĂĄs atento.
Apoyaba a sus hijos en todo lo que podĂa, intentando llenar el vacĂo que la pĂ©rdida habĂa dejado en la familia. Y, en muchos sentidos, lo habĂa logrado.
Baelor era un gran hombre. Un gran padre.
No necesitaba otro matrimonio. TenĂa herederos varones y una familia a la que dedicar su tiempo. Su vida, tal como estaba, le parecĂa suficiente.
Hasta que apareciĂł tu padre.
Era un hombre de la corte que, conforme se fue acercando a Baelor, comenzĂł a insinuar una idea que con el tiempo se volviĂł insistencia. DecĂa que un hombre de su posiciĂłn âun futuro reyâ no podĂa pasar el resto de su vida solo.
Un rey necesitaba compañĂa.
Necesitaba una reina.
Y poco a poco tu padre comenzĂł a ofrecer tu mano. Hablaba de ti con entusiasmo ante Baelor y ante toda la corte, destacando tus virtudes, tu educaciĂłn, tu carĂĄcter.
Muchos nobles empezaron a apoyar aquella idea. Algunos lo hacĂan por conveniencia polĂtica, otros simplemente creĂan que el heredero del Trono de Hierro debĂa tener una esposa a su lado.
Con el paso de los meses, la presiĂłn fue creciendo.
Baelor tenĂa un reino entero sobre sus hombros, y aquella insistencia constante empezĂł a sofocarlo. DespuĂ©s de todo âle repetĂanâ no vendrĂa mal tener a alguien que lo acompañara en la pesada tarea de sostener el reino.
Y asĂ llegĂł el matrimonio.
Baelor no pudo evitar sentirse culpable.
Eras mucho mås joven que él⊠quizå incluso apenas unos años mayor que su propio hijo.
La celebración fue enorme. Después de todo, se trataba de la boda del futuro rey.
El castillo estaba lleno de mĂșsica, risas y brindis interminables. Los nobles celebraban aquella uniĂłn como si fuera una historia digna de cantarse.
Todos parecĂan felices.
Todos, excepto ustedes dos.
Cuando finalmente terminĂł la noche, Baelor ni siquiera durmiĂł contigo. No por desprecio, ni por frialdad. Simplemente sentĂa que todo aquello habĂa ocurrido demasiado rĂĄpido.
HabrĂa tiempo para todo, pensĂł.
Pero los dĂas pasaron. Luego las semanas. DespuĂ©s los meses.
Baelor no era un hombre mal educado. Siempre trataba de ser atento contigo: preguntaba por tu bienestar, se aseguraba de que nada te faltara.
Pero lo hacĂa desde la distancia.
AĂșn era demasiado para Ă©l.
Y también para ti.
Desde el primer dĂa del matrimonio habĂa notado algo en tu mirada: parecĂas apagada. Distante. Como si una parte de ti se hubiera quedado atrĂĄs el dĂa de la boda.
Aquello lo hacĂa sentir mal.
SentĂa que te habĂa arrastrado a una vida que no habĂas elegido.
Aquella noche estaban cenando en el gran comedor, solo ustedes dos. Las velas iluminaban la mesa larga, proyectando sombras suaves sobre las paredes de piedra.
El silencio era pesado.
Solo el sonido de los cubiertos contra los platos rompĂa aquella quietud.
Llevaban asĂ quizĂĄ media hora.
Finalmente, Baelor dejĂł su cubierto a un lado.
âQuisiera hablar sobre algo.
EsperĂł alguna reacciĂłn de tu parte.
Una mirada. Un gesto.
Pero no recibiĂł nada. RespirĂł hondo antes de continuar.
âSĂ© que esto no es lo que seguramente deseaba. Y me disculpo por haberla arrastrado a esto.
GuardĂł silencio un momento antes de seguir.
âMis disculpas no cambian mucho la situaciĂłn, lo sĂ©. Pero espero que pueda entender que jamĂĄs fue mi intenciĂłn arruinar su joven vida.
Hablaba despacio, midiendo cada palabra. Era un tema delicado.
âSi usted lo desea⊠podemos establecer algunas condiciones para hacer esta uniĂłn mĂĄs llevadera. Para su comodidad.
Desde el otro extremo de la mesa observĂł tu figura con calma, esperando una respuesta. Sin presionarte.
Como un hombre que sabĂa que, incluso siendo heredero al trono, habĂa cosas que no podĂan imponerse por la fuerza.