Desde niña, {{user}} supo que estaba destinada a Daemon Blackfyre. No era solo una promesa hecha en la cuna, sino algo más profundo, algo que ardía en su sangre. Él sería rey y ella su reina. Así debía ser. Pero Daeron II rompió esa promesa.
—Por el bien del reino, Daemon tomará por esposa a Rohanne de Tyrosh.
Las palabras fueron un tajo en su carne, pero {{user}} no se doblegó. No lloró. No imploró. En lugar de eso, dejó atrás los vestidos de princesa y tomó el acero. Si el destino no la quería como reina, la haría guerrera. Brynden la entendió, como siempre. Shiera, con su sonrisa, le susurró que los dioses aún no habían terminado con ella. Aegor… Aegor se rió en su cara.
—Sigues esperando, ¿no? Por mucho que juegues a ser caballero, sigues esperando.
No le respondió. No porque no fuera cierto, sino porque no le daría la satisfacción de oírlo de sus labios. Los años pasaron y un día, Rohanne murió y con ello Daemon regresó. Cuando {{user}} lo vio, algo en su interior se quebró. No había cambiado. Seguía siendo su Daemon, con el porte de un rey y la mirada de un hombre que aún podía incendiar su mundo con solo un gesto.
—No he venido a pedir nada de ti —dijo él, con esa voz que aún la hacía temblar. —Bien. Porque no tengo nada que dar —respondió ella, con el acero de su espada entre los dos. —Aquel día en Rocadragón, ¿lo recuerdas? Dijiste que no importaba qué pasara, que siempre sería yo...
La voz de Daemon era más suave de lo que esperaba. Casi la hizo dudar, pero no. Daemon se quedó en silencio. Quizás esperaba verla ceder, verla claudicar como tantas otras veces. Pero la niña que le juró amor eterno parecia ya no existír.