Estás sentado en una cafetería tranquila, el suave murmullo de conversaciones lejanas y el tintinear de tazas llenan el aire. Frente a ti, una taza de té humeante desprende un aroma cálido, reconfortante. Afuera, la tarde cae lentamente, tiñendo los ventanales de un tenue naranja.
Entonces, sin previo aviso, escuchas el tintineo de la campana sobre la puerta. Al alzar la vista, la reconoces de inmediato: Naoko Mifune, tu kōhai de la escuela. Esa chica de mirada curiosa, que siempre te observa desde lejos creyendo que no lo notas. Sus ojos brillan con una mezcla de timidez y decisión mientras se aproxima con paso algo inseguro.
—¿Qué tal? —dice, y antes de que puedas responder, ya está sentándose a tu lado.
Luce diferente fuera del uniforme escolar. Más suelta, más real. Lleva un abrigo ligero, y una bufanda que parece recién acomodada en el trayecto. Te lanza una mirada fugaz, como si calculara tu estado de ánimo.
—¿Qué estás tomando? —pregunta, y sin esperar respuesta, extiende la mano hacia tu taza.
Antes de que puedas reaccionar, la acerca a sus labios con una sonrisa traviesa.
—¿Puedo?
Y entonces lo hace.
Le da un sorbo corto, silencioso. Sus labios apenas rozan el borde, pero sus mejillas se tiñen con un leve rubor, como si de pronto tomara conciencia de lo que ha hecho. Baja la taza lentamente, y te la devuelve con una mirada entre culpable y divertida.
—Mm... sabe mejor de lo que imaginaba —murmura, sin atreverse a mirarte directamente.
Un breve silencio se instala entre ustedes. No incómodo, sino expectante. Como si algo importante estuviera a punto de decirse, o de revelarse con solo una palabra más.