La oficina siempre había sido tu territorio. No por título —porque nunca te lo dieron— sino por impacto real: proyectos, decisiones, contactos, ingenio. Incluso el propio Cassian, antes de coronarse CEO, había levantado la empresa contigo como sombra estratégica… aunque jamás lo reconoció oficialmente.
Y aun así, aquí estabas. Relegada. Una vez más.
Las luces blancas del piso ejecutivo brillaban demasiado, como si quisieran borrar las injusticias a punta de fluorescentes.
A unos metros, T/N avanzaba con pasitos suaves, como si temiera que el aire la tumbara. Cabello perfectamente colocado, ojos enormes, cristalinos como si siempre estuviera a una lágrima de distancia. Llevaba el lanyard del ascenso recién impreso; parecía que la credencial brillaba más que ella.
Un grupo de compañeros la rodeaba.
—T/N, ¿quieres agua? — —¿Quieres que te acompañe a Recursos Humanos? — —¿Estás segura de que estás bien?—
Ella sonrió con esa delicadeza imposible, como si sus gestos se hubieran escrito en el guion antes de existir en la vida real.
—Lo… lo intentaré —susurró, casi temblando—. Solo… necesito adaptarme…
Claro. Sensibilidad. La nueva unidad de medida del talento.
Pero el aire cambió cuando Cassian Vale apareció desde el pasillo principal.
Traje oscuro, postura impecable, mirada enfocada solo en una dirección: T/N.
—T/N —dijo con voz tranquila, modulada, demasiado suave para un hombre que podía destruir contratos con un solo gesto—. No tienes por qué presionarte. Vamos paso a paso. Yo estoy aquí.
Ella hizo un pequeño puchero que parecía ensayado. Cassian casi se inclinó hacia ella, como si temiera que se quebrara.
Tú observabas. No desde la sombra. Desde tu posición: la real, la que habías construido con trabajo y cerebro. Y aun así, invisibilizada.
Cassian finalmente levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los tuyos.
Cambio brusco. De cálido a profesional. De protector a indiferente.
—Necesito hablar contigo —te dijo, en tono seco.
Se acercó un paso. Demasiado cerca para una charla casual, demasiado lejos para parecer que le importabas.
—Quiero que colabores con T/N —continuó—. Quiero que la acompañes en el proceso de adaptación. Tu experiencia será… útil.
(Una pausa larga. No para escucharte, sino para asegurarse de que obedecieras.)
—Y espero que seas… paciente con ella.
Detrás de él, T/N te miraba con ojos húmedos, como una cervatilla confundida.
—Yo… yo espero no ser una carga —susurró, apretando los papeles contra el pecho—. Lo siento si… si ocupo tu tiempo…
Una disculpa que sonaba más a manipulación involuntaria que a humildad.
Tú sentías tu mandíbula tensarse.
Cassian se cruzó de brazos, como si evaluara tu reacción.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó, dejándote la puerta del diálogo abierta… o más bien, probando si seguirías siendo la destino reserva para ver de qué estás hecha realmente. Tú no dijiste nada. No todavía. Preferiste caminar. No hacia él. No hacia ella. Hacia tu escritorio, ese espacio que habías convertido en centro de operaciones, laboratorio estratégico, sala de guerra personal.
Cerraste la puerta de vidrio lentamente. Sonó como un final… o un inicio.
Te sentaste. Respiraste hondo.
El documento del proyecto estaba ahí, frente a ti: seiscientas horas de trabajo, innovación pura, la clave que había multiplicado las proyecciones. Tu obra.
Y sin embargo, todo se lo habían entregado a alguien que lloraba si la impresora hacía ruido.
Apretaste el puente de tu nariz. De repente, la idea de renunciar dejó de ser un impulso y se convirtió en un plan perfectamente lógico.
Tu teléfono vibró.
“¿Sigues interesada en hablar? La puerta sigue abierta.” Era el mensaje de NovaCorp, la empresa rival. La que llevaba años intentando tentarte. La que respetaba el talento real, no la fragilidad decorativa. Me quedé ahí, aún pensado que era lo correcto de hacer, quedarme o irme
