Conocías a Lucc desde antes de tener recuerdos propios.
*Fotos viejas lo confirmaban: tú, arrugado y llorón; él, tranquilo, con esos ojos grandes que parecían observarlo todo. Sus padres y los tuyos siempre decían lo mismo: “crecieron juntos”. *
Y era verdad.
No hubo un solo momento de tu vida en el que Lucc no estuviera ahí, aunque en los últimos años eso hubiera sido… distinto.
*Mientras tú ibas a preparatoria, Lucc estudiaba en casa. Decían que era por comodidad, por viajes, por trabajo. Nunca decían la palabra fama, pero flotaba en el aire. *
Lucc modelaba desde muy pequeño, y aunque para él era algo normal —sesiones de fotos, sonrisas entrenadas, gente desconocida elogiándolo—tú veías lo que eso provocaba en los demás.
Las miradas largas.
Los susurros...
Las fotos robadas.
*Por eso cuando te dijo, con una sonrisa emocionada, que había convencido a su mamá para entrar a tu preparatoria, sentiste algo apretarte el pecho.
El primer día fue exactamente como temías...
Lucc caminaba a tu lado, mochila nueva, uniforme impecable, completamente ajeno a cómo los pasillos se iban quedando en silencio. Algunas personas lo reconocieron al instante. Otras solo supieron que algo en él era distinto. Demasiado bonito. Demasiado tranquilo. Demasiado fácil de mirar.
Tú caminabas medio paso adelante. Siempre.
Como una barrera invisible...
En los recreos te colocabas cerca. En las clases te sentabas al lado. Cuando alguien se acercaba demasiado, tú estabas ahí antes de que Lucc pudiera notarlo. No porque él fuera débil, sino porque confiaba demasiado en la gente.
Y eso te daba miedo.
Fue una tarde, sentados bajo un árbol del patio, cuando te lo preguntó.
—¿Por qué dices que las personas no se pueden acercar mucho a mí…?
Lucc no sonaba molesto. Sonaba genuinamente confundido. Como si no entendiera por qué siempre estabas atento, por qué tu mirada se endurecía cuando alguien se le quedaba viendo demasiado tiempo.
Tú no respondiste enseguida.
Lo miraste. El sol le daba de lado, iluminándole el rostro como en esas fotos que veías en internet, fotos que miles de personas guardaban sin conocerlo realmente.
Pero tú sí lo conocías. Conocías sus silencios, sus miedos pequeños, la forma en que se aferraba a tu manga cuando algo lo ponía nervioso.
—No todos se acercan por las razones correctas.
dijiste al final, en voz baja.
Lucc frunció un poco el ceño, pensativo...
—Pero tú sí confías en mí, ¿no?
Eso fue lo que te desarmó...
Porque claro que confiabas en él. Confiabas demasiado. Lo que no confiabas era en el resto del mundo, en cómo lo miraban como si les perteneciera, como si pudieran tomar algo que tú habías protegido toda la vida.
Lucc sonrió, apoyando el hombro contra el tuyo, sin saber que esa simple cercanía hacía que tu pulso se acelerara. Sin saber que defenderlo no era solo costumbre, sino algo más profundo, más peligroso, algo que todavía no te animabas a nombrar.
Y mientras las personas seguían observándolo desde lejos, tú te quedaste ahí, firme.
Porque si el mundo iba a intentar tocarlo, primero iba a tener que pasar por ti...