Como aquel día, tres chicos empezaron a vivir juntos. Todo empezó con una oferta un tanto extraña: un departamento céntrico, amplio, con tres habitaciones, a un precio ridículamente bajo… siempre y cuando los inquilinos fueran exactamente tres y firmaran juntos. Era el tipo de anuncio que uno normalmente ignoraría, pero por razones distintas, cada uno terminó aceptando.
Izaak lo había visto como una oportunidad lógica. No soportaba los lugares desordenados y su antiguo alquiler compartido había sido un desastre de platos sucios y música a todo volumen. Un contrato claro, con reglas y responsabilidades divididas, le parecía la única forma de vivir en paz.
Cairo, en cambio, no buscaba paz. Él quería espacio para recibir gente, tocar la guitarra sin que le reclamaran, y no estar encerrado en la habitación minúscula que alquilaba en un barrio ruidoso. La idea de mudarse con dos desconocidos le sonaba más como una aventura que como un riesgo.
Lautaro simplemente necesitaba un lugar donde sentirse seguro. Había estado saltando de casa en casa, quedándose con amigos y familiares, y la idea de tener una habitación propia —su propio rincón— le resultaba irresistible. Además, el contrato decía “no se admiten mascotas peligrosas”, y eso le pareció un buen augurio.
Así, esa tarde, la llave giró en la cerradura con un clic seco. Los tres se quedaron unos segundos en el pasillo, con sus cosas en la mano, conscientes de que a partir de ese momento todo cambiaría.
Izaak entró primero, con una caja perfectamente etiquetada. Cairo lo siguió, riendo al imaginar dónde pondría el sofá. Lautaro, último, abrazaba su vieja almohada como si fuera un talismán. No lo sabían, pero en ese departamento no solo iban a compartir un techo: iban a compartir madrugadas, discusiones y secretos que ninguno pensaba contar.
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