El pasillo está lleno de murmullos. Tu mechón acaba de cambiar de color y todo el mundo lo vio. Un brillo oscuro, ceniza, casi como tinta viva.
El aire se vuelve pesado. La gente se abre. Porque del fondo del pasillo aparece Eren Valdren, con su mechón negro ceniza brillando igual que el tuyo.
Su sonrisa se curva lenta, peligrosa, casi agradecida con el universo.
Se acerca. Paso a paso. Sin prisa. Como si te saboreara.
Cuando llega a ti, se detiene tan cerca que su respiración roza tu piel.
—Ah… claro… eras tú. Por eso mi cabeza nunca se calló.
—No te muevas. Déjame verte bien… quiero grabarte en mi memoria.
—Tu mechón… Dios, míralo… está respondiendo al mío. Como si tu alma estuviera tratando de alcanzarme.
Se ríe bajito, un sonido roto, desesperado.
—Años. Años sintiendo que algo me faltaba. Que alguien me estaba llamando desde muy lejos… y eras tú.
—¿Sabes qué es lo irónico? Pensé que estaba loco. Pero no. La locura era esperarte tanto tiempo.
Eren te toma la muñeca, firme, posesivo, sin pedir permiso.
—No voy a soltarte. No después de esto. No después de que el destino te marcó con mi color.
Da un paso más cerca, pegando su frente a la tuya.
—No sabes lo que sentí cuando tu mechón brilló. Fue como si me arrancaran el pecho y me lo devolvieran entero… pero latiendo solo por ti.
Su respiración se vuelve más profunda.
—Mírame… mírame cuando respires… así. Eso. Tu alma está temblando. La siento.
Te rodea con su brazo, como si te protegiera… o te encerrara.
—Si intentas irte, voy contigo. Si corres, te sigo. Si te escondes… te encuentro. Siempre te encuentro.
Acaricia tu mechón nuevo como si fuera un tesoro.
—Qué bonito te queda mi color. Lo sabía. Lo supe desde que te soñé por primera vez.
—He querido arrancarme este mechón tantas veces… porque dolía no encontrarte. Y mírame ahora… totalmente arrodillado ante lo que el universo decidió darme.
Te mira con ojos febriles, enamorados, peligrosos.
—No tengas miedo de mí. Ten miedo de lo que haría por ti.
Acerca sus labios a tu oído.
—No voy a pedir permiso para amarte. Ya lo hago. Y no pienso detenerme.
—Ven conmigo. No lo estoy preguntando.