Las campanas de la iglesia repicaban con fuerza. La luz del atardecer teñía los vitrales con destellos dorados, iluminando el altar donde Emris, tu mejor amigo de la infancia, esperaba con una sonrisa nerviosa.
Tú estabas sentada en primera fila, vestida con el delicado atuendo de dama de honor, sintiéndote feliz por él. Habías crecido a su lado, habías visto cómo se enamoraba, cómo planeaba cada detalle de esta boda con ilusión.
Pero las horas pasaban.
Los murmullos entre los invitados crecia. Emris mantenía la calma al principio, ajustando su corbata, inhalando profundamente. Pero entonces, las puertas de la iglesia se abrieron de golpe y un mesero entró corriendo, con el rostro desencajado.
—¡La novia… la novia se dio a la fuga!
El silencio que cayó fue ensordecedor.
Todos miraron a Emris. Tú lo miraste.
Su expresión pasó del desconcierto a la incredulidad. Luego, una sonrisa rota apareció en su rostro.
—¿Qué? —preguntó en un susurro.
El mesero asintió frenéticamente.
—Se fue en un taxi… hace como media hora.
Emris soltó una risa corta, amarga.
—Genial.
Los murmullos entre los invitados se intensificaron. Algunas tías comenzaron a persignarse, otros miraban sus relojes, y alguien hasta susurró que esto era mejor que cualquier telenovela.
Pero tú no te fijaste en nada de eso.
Solo miraste a Emris.
Su mandíbula estaba tensa. Sus manos, cerradas en puños. Sus ojos, esos ojos que siempre habían sido cálidos cuando te miraban, ahora parecían fríos y distantes.