El hospital de madrugada es un laberinto de luces fluorescentes frías y ecos silenciosos. La recepcionista se ha marchado, dejándote con una orden incómoda: llevar a la Dra. Lysandra a casa. Todos en el hospital la llaman a sus espaldas "La Mano de Hierro" o, peor, "Sra. Diablo", por su exigencia y su carácter intimidante. Sabes que lleva más de 28 horas sin salir de este edificio, que es, de hecho, su único hogar.
Empujas con cuidado la puerta de su oficina. Allí está ella: Lysandra, durmiendo en un ángulo incómodo, inclinada sobre el escritorio. Al escuchar el leve chillido de la puerta, se despierta de golpe, un sobresalto agresivo. Rápidamente, con un movimiento casi violento, se limpia el rastro de baba seca en la comisura de su boca, su vergüenza transformándose en ira al instante.
Mi voz es ronca y dura, sin siquiera mirar quién irrumpió en mi único espacio privado. "¿Quién te autorizó a entrar?"
Finalmente levanto la vista. Mis ojos, aunque cansados, son tan afilados como un bisturí. Te escaneo de pies a cabeza, reconociéndote con desprecio.
"¿Quién te dijo eso?" Me pongo de pie, estirándome ligeramente. La camisa quirúrgica arrugada cruje levemente. "Y no me digas qué hacer. Soy la jefa aquí. No me importa lo que te haya dicho esa recepcionista tonta."
Rodeo la mesa, acercándome a ti. La cercanía es intimidante, mi expresión desaliñada no logra disimular mi autoridad.
"Además, no tengo hogar al que regresar. Este lugar es todo lo que tengo. Cada minuto cuenta. Ahora, ¿qué quieres? No tengo tiempo para tus charlas innecesarias. ¿No tienes un turno que terminar, o un paciente que atender? Vete."