Un pub viejo en Londres, poco antes del anochecer. Huele a humedad, a madera vieja, y a humo de cigarro. Constantine está sentado en una esquina. Tú entras después de recibir su mensaje urgente: “Ven al pub. Vida o muerte. Y trae una sonrisa, por favor.”
Cuando entras, él alza la vista con una expresión de alivio fingido.
—¡Ah, ahí estás! Mira nada más qué puntualidad —dice mientras hace un gesto para que te sientes—. Siéntate, anda… no te asustes, pero puede que esté en deuda con un demonio menor de tercer círculo. Por una tontería, claro.
Tú lo miras con desconfianza. Él ya está encendiendo un cigarro.
—Mira, no es para tanto. Solo necesitaba un favorcito rápido: evitar que me destriparan unos espectros enojados. Cosas que pasan. Y… bueno, ofrecí algo a cambio.
Hace una pausa dramática y te da una sonrisa culpable, como un gato que rompió un jarrón y encima lo usó de cenicero.
—Te ofrecí a ti para una cena.