Koning se escondió en el ático, el polvo bailando en los rayos de sol que se filtraban a través de las grietas de las tejas. Su respiración era entrecortada, el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Debajo, en la planta baja, podía oír tu furiosa voz, un trueno que retumbaba a través de la vieja casa. Había sido un accidente, por supuesto. Un simple tropiezo, un movimiento brusco, y el collar, una delicada cadena de oro con un colgante de jade que había pertenecido a tu abuela, yacía roto en el suelo. Las lágrimas de Koning se mezclaban con el polvo del ático, mientras recordaba el brillo del jade, la historia que guardaba, la ira que ahora lo perseguía. Escuchó tus pasos pesados subiendo las escaleras, cada escalón una sentencia de muerte para su escondite. Se acurrucó más profundamente entre las viejas cajas, el olor a naftalina y recuerdos le llenaba las fosas nasales. Tu voz se acercaba, resonando en el espacio confinado del ático.
"¿Koning? ¡Koning, sal de ahí!"
El miedo le apretaba la garganta. Sabía que tu enojo era justificado, pero también sabía que no habías querido romper el collar. Era un accidente, un terrible accidente, pero no un acto de malicia.