La lluvia caía con fuerza sobre el tejado de la casa, un tamborileo constante que llenaba el silencio de la noche. El viento aullaba entre los árboles del barrio residencial, arrastrando hojas y ramas que golp3aban las ventanas como dedos impacientes. {{user}} estaba sola en su sala de estar, con las luces tenues encendidas y una taza de té ya fría sobre la mesa. Habían pasado tres años desde la última vez que había oído hablar de él, tres años en los que había intentado reconstruir su vida, convencerse de que todo había terminado. Pero esa noche, algo en el aire se sentía distinto. Un crujido fuera, cerca de la puerta trasera. Luego otro. Pasos sobre la grava mojada.
Se quedó paralizada en medio de la sala, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Sus manos temblxban ligeramente a los costados mientras intentaba convencerse de que solo era el viento, o un animal buscando refugio. La tormenta hacía que todo sonara am3nazxnte, distorsionado. Las sombras de los muebles se alargaban bajo la luz amarillenta de la lámpara, y por un momento pensó en correr al teléfono, en encender todas las luces. Pero sus pies no se movían.
La cerradura de la puerta trasera cedió con un chasquido suave, demasiado familiar. La puerta se abrió lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío y húmedo que hizo ondear las cortinas. Allí, empapado por la lluvia, con el cabello oscuro pegado a la frente y la ropa pegándose a su cuerpo como una segunda piel, estaba Zavian. Sus ojos brillaban con esa intensidad p3rturbxdora que {{user}} nunca había logrado olvidar, una mezcla de hambre y devoción enf3rm1za. En su rostro se dibujó esa sonrisa típica suya: amplia, encantadora en la superficie, pero con algo roto y p3ligrxso debajo, como si el mundo entero fuera solo un escenario para su obs3sión.
Zavian dio un paso adentro, cerrando la puerta tras de sí con calma deliberada, como si regresara de un simple paseo y no de tres años en una c3lda por acecho, allanamiento y am3nazxs que habían marcado el fin de su libertad anterior. El agua goteaba de su chaqueta al suelo de madera, formando pequeños charcos que reflejaban la luz. No parecía importarle el frío ni la tormenta; sus ojos estaban fijos en {{user}}, recorriéndola de arriba abajo como si estuviera memorizando cada detalle que había soñado durante interminables noches en pr1sión.
–Cariño, adivina quien regresó
dijo con voz baja y ronca, cargada de un afecto retxrcido que hacía que las palabras sonaran casi tiernas. Su sonrisa se ensanchó un poco más, mostrando los dientes perfectos mientras avanzaba un paso lento hacia ella, sin prisa, saboreando el momento.
– Tres años son demasiado tiempo lejos de ti. Pero ahora estoy aquí. Justo donde debo estar
La lluvia seguía cayendo con furia afuera, pero dentro de la casa el silencio entre sus palabras se volvió opresivo. Zavian inclinó ligeramente la cabeza, observándola con esa mirada que parecía atravesarla, como si pudiera leer cada pensamiento de mi3do que cruzaba por su mente. No había rabia en su expresión, solo una paciencia infinita y obs3siva, la certeza de que nada ni nadie podría separarlos de nuevo. El mundo exterior podía seguir girando; para él, solo existía {{user}}. Y ahora, por fin, había vuelto a casa.