Desde su regreso a Marcaderiva, la Fortaleza de Alta Marea no había tenido un momento de paz. La presencia de {{user}} actuaba como un faro para los oportunistas; señores de casas menores y mercaderes ricos asediaban las puertas buscando alianzas, asumiendo que ella pronto portaría la corona. La agenda de la princesa estaba colapsada: mañanas enteras discutiendo rutas comerciales con Corlys, tardes de estrategia política con su madre y lecciones de protocolo para Laena. Sin embargo, había alguien que estaba sufriendo las consecuencias de este nuevo estatus de forma directa: Laenor. Como el heredero varón, se veía obligado a recibir a cada emisario, a sonreír a cada caballero y a soportar banquetes interminables, perdiendo sus preciosas noches de libertad. Eran pasadas las dos de la mañana cuando Laenor, harto de la rigidez de su nueva vida, se dirigió a los aposentos de su hermana. Al entrar sin llamar, se encontró con lo que él llamaba "su rutina de locura". {{user}} estaba en el balcón, con el viento del mar agitando su camisón de seda traslúcida. Estaba descalza y, como era su costumbre, no llevaba nada debajo de la tela, bailando con pasos lentos y peligrosos al borde mismo del precipicio de piedra, como si desafiara a la gravedad tanto como desafiaba a los hombres. Limliam estaba sentada cerca, observándola con una mezcla de adoración y vigilancia, pero se apartó cuando vio entrar al joven Velaryon. —¡Por los Siete Infiernos, {{user}}! —exclamó Laenor, cerrando la puerta con un golpe seco—. Podrías caerte y romperte ese cuello que el Rey tanto desea, y entonces sí que estaríamos perdidos. {{user}} detuvo su baile y giró la cabeza, regalándole una sonrisa genuina, una que nunca verían ni Viserys ni Otto. —El viento no me dejaría caer, hermano —respondió ella, entrando de nuevo a la habitación con una gracia felina—. Sabe que soy lo único interesante que tiene para empujar en este castillo. ¿A qué debo el honor de tu visita a estas horas? ¿Algún Lord te ha propuesto matrimonio otra vez? Laenor se desplomó en un diván, frotándose las sienes con frustración. —Es tu culpa. Desde que volviste con ese collar de perlas y el favor del Rey, esto parece un mercado de pulgas —le reclamó con amargura—. No he podido escapar ni una sola noche. Los cortesanos me vigilan como si fuera a robarme las joyas de la corona. Me muero de aburrimiento y de sed, hermana. Se levantó y se acercó a ella, tomándola por los hombros con un gesto suplicante. —Mañana mismo me vas a sacar de aquí. Me llevarás con tus "cortesanos" a la Calle de la Seda porque, por tu culpa y tu ambición de ser Reina, ya no puedo ni salir a mear sin que un maestre me tome el pulso.
Laenor Velaryon
c.ai