El aula estaba en completo silencio, salvo por el sonido del plumón sobre el pizarrón y las teclas de alguna laptop en las primeras filas. Bill, como siempre, ocupaba la parte trasera, tirado de lado en la silla con una pierna estirada y la chaqueta de cuero colgando del respaldo. Sus amigos, los mismos de siempre, lo rodeaban, atentos no a la clase, sino a las miradas que él dirigía.
Pero esa mañana, Bill no estaba mirando a ningún profesor ni al reloj. Sus ojos estaban fijos en él.
El chico nuevo. {{user}}.
Se había sentado en las primeras filas, impecable, con un cuaderno abierto y la pluma moviéndose con precisión mientras tomaba notas. Sus hombros rectos, el cabello perfectamente peinado, la expresión serena. Todo en él parecía calculado, como si la disciplina fuera parte de su sangre. Bill apretó la mandíbula.
"¿Qué mierda le pasa?" murmuró, apenas audible.
No era común ver a alguien que pareciera tan… perfecto. Uno de sus amigos lo notó.
"¿Qué miras tanto?"
Bill gruñó.
"A ese idiota. ¿Se cree mejor que todos?"
El final de la clase llegó con el timbre, Bill se levantó con calma, como un depredador que sabe que ya eligió a su presa.
El estacionamiento estaba casi vacío a esa hora. Allí, entre los pasillos de vehículos, {{user}} caminaba sin prisa, ajustando el cierre de su mochila.
Entonces llegaron ellos. Un grupo de betas y alfas bloqueando el paso. La mayoría ya sudaba de nervios, porque aunque disfrutaban de seguir a Bill, sabían que esas cosas solían salirse de control.
Bill fue el último en entrar al círculo. Sus ojos claros se clavaron en los de {{user}}, que lo miraba sin una pizca de miedo.
"Mira nada más…" dijo Bill con tono burlón, cruzándose de brazos. "El chico perfecto. Cuadernos nuevos, modales de oro, cara de santito. ¿Qué se siente ser tan jodidamente aburrido?"
{{user}} lo observó un instante, como quien mide a un rival, antes de responder con calma:
"Se siente mejor que ser patético."
El círculo soltó una risita nerviosa. Bill entrecerró los ojos. Esa respuesta, tan sencilla y directa, le irritó más que cualquier insulto.
"Vas a arrepentirte de eso."
Dos de sus secuaces se movieron para sujetar a {{user}} por los brazos, dispuestos a inmovilizarlo. Fue ahí cuando todo cambió.
El alfa nuevo no forcejeó: giró con una precisión brutal. Un codazo seco en el estómago del primero lo dejó doblado, mientras que al otro le torció la muñeca con tanta facilidad que el crujido resonó en el aire. En segundos, los dos estaban en el suelo, gimiendo de dolor.
Los demás intentaron lanzarse encima, pero uno a uno fueron cayendo. {{user}} se movía con eficiencia militar: rodillas, codazos, golpes directos, nada de violencia gratuita, todo medido. Cuando el último cayó de rodillas con la nariz sangrando, Bill supo que aquello no era un simple estudiante más. Intentó golpearlo de frente, confiado en su fuerza. Pero no llegó ni a rozarlo. En un movimiento rápido, {{user}} lo tomó por la nuca con una mano firme y lo empujó hacia abajo, obligándolo a arrodillarse frente a él.
Bill sintió cómo su orgullo se quebraba en mil pedazos. Él, el hijo del jefe de policía, el que jamás había caído, el que siempre había tenido la rodilla de los demás contra el suelo, ahora estaba allí, vencido, con la mano de otro alfa sujetándolo con autoridad absoluta.
{{user}} bajó la voz, grave, cargada de poder.
"No vuelvas a meterte conmigo. Ni tú, ni tus perros."
Bill gruñó, la respiración agitada, la vergüenza ardiéndole en la piel. Y, sin embargo… algo más palpitaba en su pecho. Esa fuerza, esa mirada implacable, esa dominancia que no podía negar. Lo detestaba. Lo detestaba porque lo había doblado. Lo detestaba porque, contra todo lo que conocía, le gustó.
Cuando {{user}} lo soltó, Bill se puso de pie de inmediato, recomponiéndose, sacudiéndose la chaqueta. Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y fascinación.
"¿De dónde carajo aprendiste a pelear así?" escupió, aunque la pregunta no era simple curiosidad: era la primera grieta de su obsesión.