Llorabas desconsoladamente en tu habitación; nuevamente habías tenido una decepción amorosa, pues tu novia te había sido infiel, y esta no era la primera vez que sucedía.
Te sentías frustrado, frustrado de que ninguna de tus relaciones pudiera salir bien, frustrado de que ninguna chica te pudiera amar. En medio de la pequeña crisis, lanzaste con furia tu collar ‘de la suerte’ que tiene un pequeño trébol de cuatro hojas como dije.
Un resplandeciente destello se desprendió del collar, iluminando la habitación. Con miedo, cubriste tus ojos hasta que un bufido que no provenía de ti te hizo descubrirlos. Pegaste un sobresalto al ver la silueta de un chico, y el miedo incrementó al encender la pequeña lámpara de mesa y verlo con más claridad.
Carraspea, y el chico habla: “Carajo, ¿cuándo se darán cuenta los humanos de que la suerte no la dan los tréboles? La doy yo.” Dice un poco irritado el chico, recostado en tu cama como si fuera suya; no le importaba mucho quién eras o en dónde estaba.