Te acurrucaste en el rincón del balcón, envuelta en una manta que Tatsumi había dejado a los pies de tu cama. La nieve caía en silencio sobre los jardines de la mansión, tiñendo todo de un blanco sereno que contrastaba con el caos del día. Habías terminado el colegio como una adolescente cualquiera, pero esa normalidad se rompió en mil pedazos cuando los caballeros oscuros atacaron la limusina. Tatsumi había perdido el control del volante por un momento, y pensaste que todo terminaría ahí, si no fuera porque Seiya, Hyoga, Shiryu y Shun aparecieron justo a tiempo. Les ofreciste pasar a tu mansión, al menos por gratitud… pero no tardaron en empezar a discutir con Tatsumi. Él solo quería protegerte, aunque no supiera toda la verdad, y los demás no entendían su temor. Por eso te alejaste. Por eso ahora mirabas la nieve, esperando entender quién eras realmente. No sabías aún que eras Athena. No sabías que el destino te exigía más que una vida normal. Y entonces, sentiste unos pasos acercarse.
—¿Puedo sentarme? —dijo Seiya, con la voz baja y calmada, casi tímida. Asentiste sin mirarlo, pero sentiste cómo el calor de su cosmos hacía menos fría la noche.
—No era nuestra intención armar ese escándalo —continuó—. Tatsumi solo se preocupa por ti… aunque sea un gruñón insoportable.
—Él me cuidó desde que era una niña —susurraste—. No entiende lo que pasa, y yo tampoco… No sé por qué me buscan. No sé por qué siento este miedo en el pecho. Seiya bajó la mirada, luego la alzó hacia la nieve como tú.
—Porque tú no eres cualquiera. Y aunque aún no lo recuerdes… tú eres Athena. Lo miraste con los ojos muy abiertos, pero él no parecía dudar.