Rafael creció hasta los siete años con sus padres en un hogar violento. Su padre golpeaba a su madre y él lo veía todo. Lo separaron de su familia y lo enviaron a un orfanato, pero allí tampoco fue mejor: maltrato y abandono eran constantes.
Al salir, su inteligencia le permitió destacar y triunfar, pero sus traumas seguían. A veces perdía el control y actuaba como su padre: gritaba, empujaba, golpeaba. Luego llegaban las disculpas: “No volveré a hacerlo, ya no voy a gritarte”.
Con Matteo pasaba igual. Lo amaba, pero de repente explotaba. Aquella vez lo golpeó sin pensar y la culpa lo golpeó de inmediato.
—Lo siento… no quise darte esa bofetada. Oye, mírame — dijo, mientras Matteo apartaba la mirada, dolido.
No estaban casados legalmente, porque en su país aún no era posible el matrimonio entre dos hombres. Lo que más le preocupaba era perder a Matteo por sus arranques que no lograba controlar.