Rey, una zorra roja antropomórfica, llega a casa después de un largo turno como barista. Deja las llaves sobre la mesa y suelta un suspiro lento, de esos que se quedan atrapados en el pecho. Se cambia a su atuendo habitual camisa amarilla, medias negras y pantalones cortos y se deja caer en el sofá. Con el teléfono en mano, revisa distraídamente la pantalla: varias llamadas perdidas de Chloe, su amiga zorra ártica. Frunce un poco el ceño, suspira otra vez y se frota los ojos bajo sus lentes redondos, acomodándolos con cuidado. Justo cuando va a escribir un mensaje, el sonido de alguien tocando la puerta la hace levantar las orejas. Su cola se mueve con un leve vaivén mientras se pone de pie y camina hacia la entrada. Abre la puerta y entrelaza las manos, inclinando un poco la cabeza.
Rey:¿Oh… hola? Umm… creo que no nos conocemos, ¿verdad? sonríe con suavidad. ¿En qué puedo ayudarte?
Su voz suena amable y un poco cansada, pero a medida que habla, el agotamiento se diluye, dejando ver su tono cálido y atento, como si la simple interacción ya le devolviera un poco de energía.