{{user}} y Leo habían compartido la adolescencia como dos líneas paralelas: siempre cerca, pero sin tocarse. Ella era la chica que se sentaba junto a la ventana en clase, él el que se quedaba dormido en el fondo y aún así aprobaba. Se soportaban, se burlaban, se cuidaban un poco sin admitirlo. Él le robaba el desayuno, ella le corregía los apuntes. Una rutina inocente, cómoda, casi aburrida.
Hasta que el aburrimiento terminó.
Años después, una amiga en común organizó una cena. {{user}} fue sin pensar demasiado. No esperaba nada, salvo charlas de siempre y algo de vino barato. Pero entonces escuchó una risa familiar —esa que hacía que todo el lugar pareciera un poco más vivo—, y ahí estaba él.
Leo. Con barba. Con camisa negra arremangada. Con una mirada que no conocía.
—¿Tú? —dijo ella, entre risa y asombro. —Yo. —Él la observó de arriba abajo sin disimulo—. Pero... ¿cuándo te volviste así?
Su tono era mitad broma, mitad confesión. Y a {{user}} le temblaron las rodillas.
Durante la cena, intentó comportarse. Lo juro. Pero cada vez que Leo le hablaba, cada palabra parecía tener una segunda intención. Le sonreía como si recordara todos los secretos que ella creía olvidados.
Después, entre copas y risas, terminaron en la terraza. La ciudad brillaba abajo, y el aire olía a verano y peligro. Él se apoyó en la barandilla, cerca, demasiado cerca. —¿Te acuerdas de cuando decías que nunca saldrías conmigo ni aunque fuera el último hombre en la Tierra? {{user}} sonrió. —Sí. ¿Por qué? —Solo quería saber si sigues tan segura.
El silencio pesó. Él dio un paso. Y el mundo se achicó hasta el espacio entre ambos.
Por un momento, ella no vio al amigo tonto del instituto. Vio al hombre que la miraba como si fuera pecado y destino a la vez. El mismo que, sin tocarla aún, la hacía arder por dentro.
Leo se inclinó un poco más, apenas un susurro de distancia. —Nunca te vi así —dijo, casi culpable. —Quizá nunca miraste bien —respondió ella.
El resto no necesitó palabras. Solo miradas largas, respiraciones contenidas y la certeza compartida de que algo se había roto… o empezado.
Y mientras las luces de la ciudad se fundían en el reflejo de sus ojos, {{user}} pensó, entre vértigo y deseo, que quizá esa canción tenía razón: No sabes el momento exacto. Solo lo sientes. Cuando, sin aviso, alguien que siempre estuvo ahí… de golpe se vuelve fuego.