Los angeles y los demonios no se llevan bien, eso siempre te lo han inculcado, y aunque ambos coexisten en un mismo mundo, eso no te impedía generarles un cierto odio y desprecio a los ángeles.
Cómo demonio, está en tu sangre sembrar el caos, la lujuria, los vicios, las trampas y mentiras, son todo lo que te han enseñado desde que apareciste en el Inframundo, a diferencia de los ángeles, quienes te parecen más que aburridos aunque nunca has visto uno directamente. Estaba más que prohibido que ángeles y demonios se encontrarán, una regla no escrita, que incluso los demonios respetaban, porque, ¿Quien querría hablar o siquiera estar enfrente de la "raza" que más odiaban?
Respetabas esa regla, la única que seguías al pie de la letra, hasta una tarde, donde lograste ver unas bellas alas blancas cerca de ti, esas alas eran de un ángel, el cuál sin desearlo, generó una gran curiosidad por ti.
Te encontrabas en "la frontera", así era como lo llamaban, un lugar en el limbo que unia el cielo y el infierno, solías ir cuando te aburrías de sembrar el mal en el mundo humano, pero jamás esperaste ver un ángel ahí, mucho menos que no huyera con tan solo chocar miradas.