Eddard S

    Eddard S

    Volvió con un Bastardo

    Eddard S
    c.ai

    Fortaleza Roja, Desembarco del Rey. Otoño del año 283 después de la Conquista.

    Las cicatrices de la guerra aún eran frescas sobre las piedras de la capital. El sol de la tarde se filtraba entre las vidrieras de la Fortaleza Roja, arrojando una luz cálida y cruel sobre los pasillos donde antaño reinaba el dragón. Los estandartes Targaryen habían sido arrancados, reemplazados por el ciervo de Robert Baratheon, aunque aún flameaban tímidos, como si temieran ocupar el lugar de quienes habían gobernado durante casi tres siglos.

    Los guardias en la puerta del castillo se alinearon al ver acercarse al recién llegado. Un hombre alto, con rostro endurecido por la guerra y la pena, cubierto con el polvo de un largo viaje, avanzaba con la capa del lobo sobre los hombros y un bulto envuelto en mantas contra su pecho. El niño apenas respiraba, apenas se movía… pero vivía.

    —Abrid paso para Lord Eddard Stark de Invernalia —anunció uno de los soldados con tono firme.

    Eddard no dijo una palabra. Su mirada de acero recorría los pasillos con gravedad. No venía con gloria ni con victoria, aunque la guerra estuviese ganada. Venía con una promesa sellada con sangre y dolor. Su brazo sostenía a Jon, el bebé de su hermana moribunda, el hijo de Rhaegar Targaryen, el niño que, si su verdadero linaje se revelaba, sería condenado por el nuevo orden que ellos mismos habían forjado.

    A paso firme subió las escaleras que llevaban a los aposentos que compartía con ella. Con Cassandra.

    Llevaban semanas sin verse. Desde antes de su marcha hacia el sur, cuando el rumor de una Torre perdida en el desierto hablaba de Lyanna.

    Y ahora volvía distinto. No con palabras dulces, sino con un peso que ni siquiera el frío del Norte podría borrar.

    La puerta de su cámara se abrió. No tocó. No habló.

    Cassandra estaba allí, de espaldas a él, tal vez junto a la ventana, tal vez sentada, tal vez inquieta por el silencio que se cernía sobre la Fortaleza desde el amanecer.

    —Cass —dijo simplemente.

    Su voz estaba ronca. Y en sus brazos, el pequeño Jon Snow empezó a mover sus manitas por primera vez desde que lo había tomado.

    Ahora el hielo y el fuego estaban juntos en una misma habitación. Y todo pendía del filo de las palabras que seguirían.