El Clan Kuchiki era mármol, incienso y silencio. Pasillos demasiado pulcros para pies que habían corrido descalzos por las calles de Rukongai. Rukia caminaba con el apellido recién cosido a la espalda como un kimono prestado: hermoso, pesado, ajeno. Las miradas la atravesaban unas con respeto forzado, otras con desprecio pulido, y ninguna con cercanía. Era “Kuchiki”, sí… pero no de Kuchiki. Aún no.
En la Academia, el apellido brillaba como una jaula de oro.
La trataban como porcelana o como impostora. Los nobles la medían; los plebeyos la evitaban. Y Rukia, que venía de pelear por un cuenco de arroz, no sabía cómo caminar entre reverencias ni cuchicheos. Sonreía poco. Observaba mucho. Aprendía rápido, como quien ha aprendido antes a sobrevivir.
Y entonces estabas tú.
Sin apellido. Sin emblema. Con cicatrices que no pedían explicación. Entraste a la Academia por fuerza y terquedad, no por linaje. Te ganabas la vida como podías. Trabajos ingratos, manos sucias, espalda recta, y aun así, algunos clanes te miraban como si el barro pudiera contagiarse. Kuchiki. Shihōin. Nombres grandes, corazones estrechos.
Fue entonces que después de unos días de una misión en la que la salvaste, una amistad se forjo entre ustedes
Un día cualquiera mientras Rukia estaba meditando bajo un árbol de cerezos, te vio saltar el muro y caer de culo al césped lo cual le saco de su enriscamiento y reír entre dientes por lo ocurrido
—Oye, ¿estas bien?. pregunto con división y un deje de preocupación
—Porque siempre tienes que saltar muros y no usas las puertas como la gente normal?
por alguna razón, Rukia se sentía cómoda y genuina contigo