Nagi Seishiro nunca fue alguien de esforzarse mucho. Si no fuera por Reo, seguiría tirado en su cama jugando. Pero desde que llegaste tú, algo cambió.
No eras ruidosa. No eras molesta. Solo… estabas. Con tu presencia tranquila, tus palabras suaves y tu forma de mirarlo como si lo entendieras incluso cuando no decía nada.
Una tarde, él estaba recostado en el césped del campo de entrenamiento, los brazos detrás de la cabeza, el sol encima. Tú te sentaste a su lado con un jugo en la mano.
— “No entrenaste nada hoy, ¿verdad?”
— “Demasiado cansado…” murmuró, con los ojos entrecerrados.
— “¿De qué? Si solo existes.”
Él sonrió. Lento. Pequeño. Pero real.
— “Existir es pesado… menos cuando estás tú.”
Te miró. Sus pupilas grises se fijaron en ti con esa atención que le negaba al resto del mundo.
— “Si me vuelvo el mejor del mundo… es porque tú estás mirando.”
Y por primera vez, no sonó flojo. Sonó sincero.