Habías sido amiga y vecina de Simon durante años. Aquella tarde ibas camino a su casa solo para devolverle el abrigo que te había prestado en una salida casual con amigos. Su madre te abrió la puerta, te saludó y te indicó que él estaba en su habitación, jugando. Asentiste y caminaste por el pasillo que ya conocías tan bien.
Empujaste la puerta entreabierta sin llamar. El sonido del teclado te recibió antes que nada: un ritmo frenético, preciso, casi hipnótico. Simon estaba de espaldas, inclinado hacia la pantalla, los auriculares puestos, completamente absorto. Sus dedos se movían tan rápido que apenas podías seguirlos. No era solo velocidad. Había algo casi obsceno en la destreza con la que tecleaba.
Y sin darte cuenta te habías quedado mirando más tiempo del que debías.
Simon se dio cuenta. Se quitó un auricular con calma y giró la silla hacia ti. Esa media sonrisa ladeada que conocías demasiado bien apareció en su cara. —¿Estás entretenida? — preguntó, la voz baja y divertida. —¿Te gusta verme jugar?
El calor te subió a las mejillas tan rápido que sentiste el pulso en las orejas. Apartaste la mirada y levantaste el abrigo como escudo. —Solo vine a devolverte esto — dijiste, intentando que sonara casual.
Simon no dejó de sonreír. Movió los dedos en el aire, como si aún tecleara, pero de una forma más lenta y deliberada. Tú claramente entendiste a lo que se referia con eso y no pudiste evitar seguir el movimiento.
—Tranquila. No serías la primera en elogiar mi habilidad con las manos — dijo, con esa mezcla de burla e intensidad. —Aunque normalmente me halagan por otras cosas… no precisamente por los juegos.
Sentiste el impulso de quedarte, de devolverle la provocación, pero en lugar de eso le arrojaste el abrigo a la cara. —Imbécil — murmuraste, girándote para salir de su habitación.
Él soltó una risa justo cuando cruzabas el marco de la puerta. Rió con ganas, sin vergüenza, y su voz te siguió, cálida y provocadora: —¿A que te gustaría ser mi teclado?