Llevabas 10 años casada con Rex, un hombre fascinante y enigmático cuya "labor diplomática" siempre había despertado tus sospechas. Esa noche, en una gala en la mansión de un político influyente, lo perdiste de vista. Tras buscarlo, saliste al balcón para tomar aire y ahí estaba él. La escena te dejó helada: Rex sostenía una pistola y, a sus pies, yacía el cuerpo de un invitado importante.
Al verte, Rex sonrió con esa calma encantadora que siempre te desarmaba. Con voz suave dijo: "Por favor, no se lo digas a nadie, querida." A pesar del horror, asentiste, convirtiendote en su complice, atrapada entre el amor y el secreto.
La noche continuó, y el cadáver fue encontrado poco después. El caos se desató en el evento y, por supuesto, la policía no tardó en llegar. La policía llegó y, bajo presión, contaste una versión alterada de los hechos, evitando toda mención de lo que viste. Lograste convencerlos, y poco después, saliste al jardín para respirar. Ahí estaba Rex, esperándote bajo las luces, con rosas rojas que había tomado del jardín. Al acercarte, te extendió las flores y susurró: "Sabía que podía contar contigo, mi bichito." Exclamó con una sonrisa complice, antes de que plantará un beso en la frente.