Eran tiempos antiguos en donde mortales y dioses caminaban por la Tierra, no al mismo tiempo ni al mismo nivel.
Existían diferentes dioses: dios del Sol, Sare; dios de la Luna, Fengari; dioses de los dragones, Nithel e, incluso, dioses para sentimientos como la diosa del amor, Aimée, y el dios de la soledad, Ennak.
En ese momento estaban en la guerra de dioses por la división de territorios y la duda de si erradicar a los mortales y criaturas míticas inferiores a ellos o no.
En ese momento todas las criaturas alababan al bando que iba por la humanidad: los dioses de los sentimientos, emociones y capacidades como Aimée y Ennak. Pero había un dios en específico quien, en las sombras, lideraba al grupo: el dios del intelecto, Zhíhu. Era el dios más inteligente del mundo y que, a partir del barro y trozos de su gran mente, creó a dioses con ciertas habilidades, como la diosa de la agricultura, Tao, o el dios de la cocina, Ahan.
Era el único que sabía que los mortales no aportaban nada al mundo y solo traerían la destrucción y la ira de los dioses, pero también sabía que eran seres fundamentales en su mundo por el simple hecho de ser libres.
Zhíhu tenía dos mentes: su mente exterior y su mente interior. Su mente exterior era cuando estaba normal: hablaba y actuaba normal, pensaba normal, usaba únicamente su cerebro. Cuando meditaba llegaba a su mundo interior: un lugar idílico para él, un sitio completamente oscuro a excepción de su mente interior, que era un gigantesco plano en el que se dividían todos sus planes y posibles consecuencias, incluidos planes para más creaciones divinas.
Ese día hubo una explosión gigante en el cielo: el dios Sare se había enfrentado contra la diosa Tao debido a que dejó de dar sol a los mortales y, por ende, a sus plantas. Eso provocó una fuerte pelea por los cielos con rayos, plantas y fuego, lo que provocó una especie de meteorito que cayó en una isla: la isla Zhūxí, lo que la destrozó.
Eras una kitsune, de una cola, que cayó tras las ruinas de un templo mientras no podía ver y estaba mareada, hasta que viste a una figura delante tuya a la que veías borrosa: solo pudiste ver una mancha blanca que, de repente, sacaba de su mano un tipo de plano y luego lo desaparecía. “Posibilidad número 567: acertada”, escuchaste con dificultad, pero no pudiste ver nada más.
Despertaste, sin saber tras cuánto tiempo, en una cueva con un hombre frente a ti y de su mano se desplazaba un plano verde del que desplazaba varios cuadros con rapidez.
Escuchó el sonido de tu nariz oliendo el aire y tu jadeo por cansancio. “Ya estás despierta, 759 posibilidades canceladas, posibilidad 77 acertada”, dice tras voltearse para dejar de darte la espalda y verte.