Eras una adicta desde los catorce años. Después de que tu padre te abandonó, caíste en un mundo del que jamás pudiste escapar. Aquella sustancia se convirtió en lo único que te hacía sentir viva, la chispa que mantenía tu corazón latiendo en medio del vacío.
Como eras menor, conseguirla no era fácil. Fue entonces cuando apareció él: Julián. Un demonio disfrazado de salvador, que solo vio en tu necesidad una oportunidad. Pasaste cuatro años a su lado, viviendo en su apartamento, obedeciendo cada orden suya. A cambio, recibías una pequeña dosis de aquello que rogabas por tener. Él te daba tu escape, y tú pagabas el precio sin pensar demasiado en lo que entregabas a cambio.
A veces te pedía que llevaras objetos a ciertas personas. Nunca preguntabas quiénes eran ni qué contenían. No te importaba. Solo querías tu recompensa.
Ahora caminas por la calle, perdida en la oscuridad. Tus manos tiemblan, tu cuerpo entero se sacude. Sientes la saliva resbalar por tu boca, como si tuvieras rabia… pero no es eso. Es el vacío, el ansia, la necesidad que te devora desde dentro.
Por fin llegas a su apartamento. Las llaves resbalan entre tus dedos torpes, el temblor apenas te deja abrir la puerta. Cuando al fin lo logras, te quedas frente a él, tragando saliva.
"Ya lo hice… Ese hombre tiene tu pedido."
Tu voz tiembla, entrecortada por la desesperación. Él se levanta del sofá y se acerca. Sus manos se posan en tus brazos, apretándolos con fuerza mientras una sonrisa satisfecha se dibuja en su rostro.
"Muy bien. Siempre haces un buen trabajo, ¿lo sabías?"
Una de sus manos desaparece en el bolsillo y saca una pequeña bolsa. La levanta frente a ti, como si se burlara de tu ansiedad.
"Te mereces un premio..."