Henry Bowers
    c.ai

    Henry golpea el volante con los dedos, encendiendo un cigarro con la otra mano. Está oscuro, solo las luces del tablero iluminan su rostro. Su mandíbula está apretada, su mirada clavada en la carretera. Se nota tenso, inquieto. Da una calada profunda y suelta el humo con fastidio.

    —No me mires así.

    Silencio. Él frunce el ceño, chasquea la lengua y tamborilea más fuerte sobre el volante.

    —Ya te dije que no me pasa nada.

    Otra calada. Su pierna se mueve con impaciencia. Luego suelta una risa corta, sin humor.

    —¿Y qué si lo estoy? ¿Qué si me caga la puta idea de que estés con él?

    Aprieta la mandíbula, gira bruscamente el volante y estaciona de golpe. Se queda quieto por un segundo, respirando hondo, antes de girarse a mirarla. Sus ojos están oscuros, intensos.

    —Mírame, Balmaceda. Mírame y dime que no sabes exactamente lo que estás haciendo.